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Yago Lamela, el hombre que soñó con volar

El asturiano logró que los españoles se pintaran de rojo y gualda las mejillas para disfrutar de su vuelo, su despegue y su velocidad.

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Las lesiones truncaron su carrera deportiva y le hundieron en un abismo del que le fue imposible saltar. Yago Lamela fue encontrado muerto en el domicilio de sus padres en Avilés con 36 años. En su palmarés, varios metales muy importantes, unos cuantos récord, pero sobre todo, el recuerdo de un joven asturiano que nos hizo soñar con volar.

Maebashi fue el escenario que le coronó como el mejor saltador de la historia de España. En esta localidad japonesa, Lamela alcanzó los 8,56 metros que le valieron una plata tras un duelo de alta tensión con el cubano Iván Pedroso, que le superó en el último salto. Fue uno de los primeros talentos deportivos españoles, cuando aún Nadal ni los hermanos Gasol copaban las paredes de los adolescentes. Yago logró que los españoles se pintaran de rojo y gualda las mejillas delante del televisor para disfrutar de su fuerza, de su despegue y de su velocidad. Tenía 21 años y el mundo por delante.

Llegó arrasando. Fijó el récord de España en los 8,56, una marca aún vigente. Todo fruto de mucho trabajo y entrenamiento desde muy jóven, en el Atlética Avilesina. Hasta los 18 años no descubrió la especialidad que le consagraría en el deporte español: el salto de longitud. Debido a la poca tradición en nuestro país de esta disciplina en ese momento, Lamela decidió trasladarse a EE.UU., donde compaginó el deporte con sus estudios de informática en la Universidad Estatal de Iowa. Sin embargo, el sueño americano no fue como esperaba y, tras 16 meses, regresó con la moral por los suelos y sus primeros problemas musculares.

No tiró la toalla. No tardó en recuperarse y comenzar a competir consigo mismo. Siempre quería más. El 99 fue su año. Consiguió el oro en el Campeonato de Europa sub 23 de Gotemburgo; fue plata en el Mundial de Atletismo de Sevilla, subcampeón en el Mundial de Pista Cubierta de Maesbashi y oro en los Juegos Iberoaméricanos. En París, en los Mundiales de 2003, fue bronce gracias a su salto de 8.22, y en Birmingham, en los campeonatos de pista cubierta, sólo fue superado por el estadounidense Dwight Phillips.

Pero las luces no tardaron en convertirse en sombras. El primer gran mazazo de su vida fue en 2004, cuando su tendón de Aquiles le impidió llegar a la final de los Juegos Olímpicos de Atenas.
Tras dos operaciones, no del todo satisfactorias, un accidente de tráfico en Albacete retrasó aún más su ansiada vuelta. Acortar los tiempos de recuperación se convirtió en su gran obsesión, pero la suerte no acompañaba. Volvió a romperse los dos tendones de Aquiles en 2006 y pasó de nuevo por quirófano con un solo pensamiento: los Juegos Olímpicos de Londres.

Una nueva fatalidad le hundió en una de sus primeras depresiones: se rompió un gemelo durante un entrenamiento. Fue el final. En 2009 anunció oficialmente su retirada del mundo del atletismo. El asturiano dejaba huérfana la disciplina que le había llegado a la gloria. Hoy se llora su muerte y se recuerda todo lo bueno que Yago Lamela aportó al deporte español. Podrán superar su salto, pero su 8,56 siempre será eterno.

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