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Parfait Hakizimana, altavoz al mundo desde un campo de refugiados de Ruanda

La guerra civil de Burundi que asoló el país africano entre 1993 y 2005 marcó su vida. En Tokio compite con el equipo de refugiados.

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La guerra civil de Burundi que asoló el país africano entre 1993 y 2005 marcó su vida. En Tokio compite con el equipo de refugiados.
Parfait Hakiziman compite en Tokio con el equipo de refugiados | EFE

La historia de Parfait Hakizimana es una historia de huida, de desplazamiento. La guerra civil de Burundi que asoló el país africano entre 1993 y 2005 marcó su vida y la de miles y miles de ciudadanos que, como él, sufrieron las cruentas consecuencias de una barbarie que dejó unos 300.000 muertos.

En 1996, el campamento para desplazados en el que vivía como consecuencia de la guerra, fue atacado. Su madre fue asesinada a tiros y Parfait Hakizimana (Burundi, 1988) sufrió heridas de bala en el brazo izquierdo. Pasó dos años recuperándose en el hospital y quedó con daños permanentes y enormes secuelas.

"En la mayoría de países africanos la atención médica no es buena. Mi brazo resultó herido y tardé mucho tiempo en recuperarme", confiesa el deportista africano, que también perdió a su padre con veinte años por un accidente de moto.

Condenado a un callejón sin salida en Burundi, uno de los países más pobres del mundo, y aún sufriendo las consecuencias de una posguerra que aniquiló cualquier atisbo de esperanza por una vida más o menos digna, Parfait decidió marcharse.

En 2015 salió de Burundi debido al aumento de la violencia y comenzó a vivir en el campo de refugiados de Mahama, en Ruanda, dónde actualmente residen unas 60.000 personas. Marcharse de su país fue una liberación pero no fue nada fácil. Al principio no había ni agua potable.

"Tenía mucho miedo de quedarme en Burundi y que me dispararan como a mi madre. Fue muy difícil tomar esa decisión, y más sin mi familia. No tenía amigos en Ruanda, me fui solo, y los comienzos fueron muy complicados. Vivíamos en tiendas de campaña y no teníamos nada para comer ni beber", recuerda.

Para entonces ya se había cruzado en su camino el taekwondo. Lo empezó a practicar como parte de la rehabilitación de su lesión en el brazo. "El deporte me ayudó a ser mejor persona, a respetar a los demás y también me ayudó a sentirme orgulloso y a encontrar una felicidad que no tenía".

Lo práctico en Burundi creando un club que después replicó en el campo de refugiados de Mahama, dónde entrenan 150 personas en el campo, siendo los más jóvenes niños de seis años.

"Abrí una escuela de taekwondo para poder ayudar a otras personas, niños o adultos. Solo quería ayudar a otros refugiados a cumplir sueños", confiesa Parfait, cuya decisión justifica en "poder alentar a la gente a no perder la esperanza".

"El taekwondo se convirtió en el punto natural de contacto cuando llegué a Ruanda. Donde vivía todas las artes marciales estaban mezcladas. Las dividí e hice el taekwondo por separado. Los que lo practicamos somos una gran comunidad y ahora son como mi familia. Los refugiados no tienen mucho pero al menos el deporte les ayuda a olvidar sus problemas", apunta.

Para tratar de superar los problemas y cicatrizar heridas, tanto psicológicas como físicas, ha centrado su vida en la escuela y el deporte. "Prefiero hacer deporte porque me da seguridad y también me ayuda a ser feliz y recuperar, en parte, la alegría que no pude tener durante mi infancia".

Su progresión en el taekwondo le hizo, en 2017, participar en el Campeonato de África, en el que cayó eliminado en los cuartos de final. Al año siguiente quedó primero en la Copa de Embajadores de Ruanda, una competición regional en la que participaron ocho naciones africanas y de la que salió con el bronce colgado.

Su caso no pasó desapercibido y, gracias al apoyo de la Fundación Humanitaria de Taekwondo, la Federación Ruandesa de Taekwondo y el Comité Paralímpico Internacional, a principios de 2021 pudo acceder a las instalaciones del Estadio Amahoro de Kigali, en la capital de Ruanda, para ejercitarse con su entrenadora, Zura Mushambokazi. Todo gracias a una ayuda extra sin la que su vida seguiría estancada.

"Quiero enviar un mensaje a todos los refugiados del mundo de que hay que ser paciente, valiente, disciplinado y trabajar duro y que en el futuro pueden ocurrir cosas buenas. Creo en las segundas oportunidades", confiesa Parfait, que participó en los Juegos Paralímpicos de Tokio como integrante del equipo de refugiados.

"El movimiento paralímpico y las diversas acciones que está haciendo están ayudando mucho a los refugiados. En mi caso, a través del taekwondo, puedo gozar de una segunda oportunidad en la vida y esto es algo que está inspirando mi razón de ser", declara.

Parfait es tajante al asegurar que él no representa a Burundi, sino al equipo de refugiados. Por Burundi lo han hecho en atletismo dos deportistas, Adeline Mushiranzigo y Remy Nikobimeze.

"Venir a Tokio me ha ayudado mucho y por eso quiero dar las gracias a todos los que lo han hecho posible y también a todos los que me han ayudado desde el campamento de Ruanda", sostiene.

En la ciudad nipona, Parfait compitió en la clase K44, de discapacitados físicos. Perdió el primer combate con el brasileño Nathan Sodario Torquato y el segundo con el turco Mahmut Bozteke.

Esas dos derrotas no empañan su verdadera victoria, la de dar voz a los millones de refugiados que hay en el mundo y que, como él, sueñan con una segunda oportunidad que en muchos casos no llegan a tener.

Tras su experiencia en Tokio, Hakizimana regresa al campo de Mahama para estar con su hija de un año y medio que vive con él. La idea, a largo plazo, es volver a Burundi, que ahora es más pacífico, para crear un club de taekwondo.

Quiere que sea su legado para la sociedad y un aprendizaje para su hija. "Siendo valiente y paciente las cosas buenas sucederán. Un refugiado es una persona como cualquier otra en el mundo".

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