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Steven Bradbury, ¿la victoria más afortunada de la historia, o una genialidad?

Para muchos, fue solo un golpe de fortuna. El mayor en la historia de los Juegos. Para otros, una gran estrategia que terminó en un oro histórico.

Para muchos, fue solo un golpe de fortuna. El mayor en la historia de los Juegos. Para otros, una gran estrategia que terminó en un oro histórico.
Imagen de Steven Bradbury cruzando la meta como vencedor, por delante de sus rivales caídos. | Archivo

Algunos lo llaman suerte. Providencia. Que pasó porque tenía que pasar. Una aparición de la Diosa Fortuna en el momento más oportuno. Pero lo que nadie podrá arrebatarle jamás a Steven Bradbury es la medalla de oro que consiguió. Una medalla histórica, la primera para su país. Y que el patinador tenía muy claro que esa era la estrategia que debía seguir, y le salió a la perfección.

Porque cuando Steven Bradbury llega a los Juegos Olímpicos de Invierno de Salt Lake City, en 2002, lo hace mermado. Sus mejores años ya han pasado. Para él, estar en la competición ya es un logro.

Tras un inicio de carrera esperanzador, imponiéndose en el Campeonato Mundial de relevos en 1991 y logrando la primera medalla olímpica para Australia en unos juegos de invierno en Lillehammer 1994 (bronce en el relevo de 5.000 metros), una inoportuna lesión a finales de 1994 le tiene en el dique seco un buen tiempo. Tras una aparatosa caída un patín le traspasa el cuádriceps femoral casi al completo. Pierde mucha sangre, y requiere de 111 puntos de sutura. A su regreso no consigue alcanzar el nivel ofrecido previamente. Y a ello se une un nuevo accidente, entrenando, en el que se rompe dos vértebras del cuello.

Los médicos le recomendaron no volver a patinar jamás. Pero él hizo caso omiso. Por eso, clasificarse para los Juegos de 2002 es toda una hazaña.

Allí, en Salt Lake City, la mala fortuna sufrida en forma de lesiones va a hacer un giro de 180º, como relata a la perfección Sofía Sicilia en este hilo de X.

Comienza a vislumbrarse ya en la ronda previa. Bradbury participa en la prueba de 1000 metros de patinaje de velocidad masculino. Necesita terminar entre los dos primeros para acceder a semifinales. Es tercero. Pero el segundo clasificado, el vigente campeón del mundo Marc Gagnon, es descalificado por obstrucción, así que Bradbury avanza a semifinales.

La fortuna le sigue sonriendo. Es consciente de que sus posibilidades son mínimas. Como él mismo reconoce, su edad y sus dificultades para recuperar entre carrera y carrera le convierten en el rival más débil. Así que lleva a cabo una estrategia simple, pero efectiva en una competición en que la alta velocidad y la dificultad técnica provocan muchas caídas. Se sitúa en la retaguardia. Y de los tres que van delante, dos van al suelo. Bradbury termina segundo. Va a la final.

Steven Bradbury sabe que ese no es su lugar. Así que decide repetir la estrategia. Mantenerse unos metros por detrás de los otros participantes, en aquel momento mucho más fuertes que él. Se trata del chino Li Jiajun, el estadounidense Apolo Ohno, el surcoreano Ahn Hyun-Soo y el canadiense Mathieu Turcotte. Todos ellos con un amplio palmarés a sus espaldas.

La jugada es clara: el australiano se mantiene a la distancia suficiente de los cuatro favoritos para evitar choques, pero a su vez para poder aprovechar los posibles errores. Sabe que a la dificultad de la prueba se añade la presión de ser favoritos.

En ese margen se mantiene durante prácticamente los 1000 metros. Y cuando todo parecía que se iba a disputar entre los otros cuatro patinadores, en la última curva, se produce el desenlace inesperado. Li Jiajun trata de ponerse primero, y arrolla a Apolo Ohno. Van al suelo, y mientras se deslizan se llevan con ellos a Ahn Hyun-Soo y Mathieu Turcotte. Bradbury, inmediante detrás pero limpio de todos aquellos roces, les supera. Cruza la línea de meta con tranquilidad. Y se lleva el oro. El primero en la historia de los Juegos Olímpicos de Invierno para Australia.

"No estaba seguro de si debía irme celebrarlo o a esconderme en un rincón", diría tras la carrera. Tendría que esperar a que los jueces dieran por válido el resultado, ante la posibilidad de replantear una repetición de la carrera tras lo sucedido. Pero al fin y al cabo, se dio por buena la estrategia de Steven Bradbury. Él había planeado, había visualizado, un final así. Era una apuesta arriesgada, con poca probabilidad de éxito, quizá la única que podía afrontar en aquella final. Y no hay duda de que le había salido bien. Fortuna o genialidad, el oro era para Steven Bradbury.

El oro, y la gloria eterna. Aquella manera de vencer le reportaría un lugar en la historia de Australia que, de haber conseguido de otra manera, quizá no hubiera logrado. Hoy, en el país, se denomina "hacer un Bradbury" cuando alguien logra un éxito contra todo pronóstico.

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