"Sr. Presidente del Congreso, Sras. y Sres. diputados:
Hay ocasiones en que un acontecimiento ocupa tal cantidad de espacio informativo que oculta o desdibuja casi todo lo demás. Por eso no es extraño que, para una buena parte de la sociedad española, el Consejo Europeo celebrado en Bruselas los pasados días 23 y 24, haya pasado casi desapercibido.
Sin embargo, lo que allí se debatía era de la mayor importancia para el futuro del conjunto de los europeos y, en concreto, de los españoles.
Como saben sus Señorías, la “cumbre” de primavera se centra en cuestiones económicas; en particular, en el seguimiento del llamado proceso de Lisboa.
Un proceso que se marcó como objetivo, cuando se aprobó en el año 2000, lograr que la Unión Europea fuese el área del mundo más competitiva en el transcurso de una década; que fuera capaz de hacer frente a sus principales retos sociales, como el envejecimiento de nuestra población o el fenómeno inmigratorio y que todo ello se alcanzase en un entorno sostenible.
Hace un año, tras las negativas conclusiones del Informe Kok, se habló mucho de la necesidad de relanzar el Proceso de Lisboa, porque todos éramos conscientes de que las cosas no iban bien. Creo que en la Cumbre del pasado año faltó ambición, y así lo dije entonces en el debate en esta Cámara. Ahora lamento tener que repetirme: a esta Cumbre también le ha faltado ambición.
Y no es que ésta fuera innecesaria en los actuales momentos: lo era más que nunca. La Unión Europea es la zona económica que menos creció en 2005, apenas un 1,6%, muy lejos del 3,5% de Estados Unidos, del 4% de los llamados “tigres asiáticos”, del 9% de China, del 7,1% de la India o del 4,1% del área iberoamericana.
El mundo se mueve a gran velocidad y Europa necesita reformar sus estructuras económicas y sociales para avanzar, al menos, al mismo paso que el resto de las grandes áreas económicas. Es una condición básica para que el proceso de construcción europea vuelva a ilusionar a los ciudadanos. Si no aprovechamos las oportunidades que genera una zona común de más de cuatrocientos millones de personas con un alto nivel relativo de renta, las generaciones futuras podrán demandarnos –con razón- por no haber sabido cumplir con nuestras obligaciones.
En resumen, Señorías, la Unión Europea necesita recuperar con urgencia el tiempo perdido si no quiere verse abocada a una “admirable decadencia”. Como recordaba a los Jefes de Estado y de Gobierno reunidos en Bruselas el Presidente del Parlamento Europeo, sr. Borrell, en cada uno de los seis años transcurridos desde que el Consejo Europeo se reunió en Lisboa en marzo de 2000, la economía de la zona del euro ha crecido por debajo del 2%.
Frente a los ambiciosos objetivos marcados entonces en la Estrategia Europea de Crecimiento y Empleo, estamos aún muy lejos de ser la economía más dinámica del mundo. Y aunque las perspectivas puedan parecer hoy algo mejores, o se introducen las reformas necesarias y unas políticas más activas y mejor coordinadas a escala europea, o corremos el riesgo de alimentar el virus del euroescepticismo, porque los ciudadanos solo se sentirán comprometidos con el proyecto europeo si la Unión Europea es capaz de impulsar un crecimiento sostenible y solidario.
En este sentido, no podemos sentirnos satisfechos por los resultados de esta Cumbre. No vean, Señorías, en estas palabras, el previsible discurso de un representante de la oposición del que se espera que vea siempre la botella “medio vacía”, en contraposición con un Gobierno que la ve siempre “medio llena”. No estoy responsabilizando solo al Gobierno de España, ni a su Presidente. Soy muy consciente de la pérdida del peso de nuestra representación en el ámbito europeo y de la relativa importancia del Presidente del Gobierno de España en estas Cumbres. Créanme si les digo que, como español, lo siento, pero así son las cosas y no parece que vayan camino de corregirse. Ya ven, el Sr. Rodríguez Zapatero ha vuelto muy contento, tiene razón, porque los miembros de la Unión Europea, como no podía ser de otra manera, han celebrado la noticia de la tregua de ETA. No tiene razón porque no se ha tomado ninguna medida en materia de inmigración y no tiene ninguna razón porque ha dejado a España fuera de la apertura del mercado interior del gas y la electricidad: una auténtica “pica en Flandes”.
No entiendan mis palabras, por tanto, como un alegato del líder de la oposición ante las actuaciones del Gobierno, sino como las de un europeísta convencido de que el futuro de los españoles depende, en gran medida, del acierto o del error del conjunto de la Unión Europea.
A España y a los españoles no les irá bien si Europa se estanca, pierde el ritmo al que avanza el resto del mundo y se limita a constatar, de forma más o menos edulcorada, el incumplimiento de sus proyectos.
La mitad de las páginas de las conclusiones de la Presidencia del Consejo Europeo están dedicadas a la “aplicación de la renovada Estrategia de Lisboa para el Crecimiento y el Empleo”. La lectura de los treinta y nueve puntos en los que está dividida es suficientemente esclarecedora: bellas declaraciones, metas encomiables, buenos deseos… y nada más. Tanto en lo que se refiere a la Investigación, Desarrollo e Innovación, la educación y formación profesional, el papel de las pequeñas y medianas empresas, las oportunidades de empleo para las categorías prioritarias o la incorporación de los jóvenes al mercado de trabajo, se repiten los diagnósticos, se repiten las recetas, se aplaza todo hasta el año próximo y se elevan preces para ver si entonces las cosas están mejor.
Yo creo que en estas cuestiones hay que ser mucho más ambiciosos. En materia de reformas económicas no podemos conformarnos con una serie de lugares comunes, con una retórica que cualquiera puede compartir y con la recomendación de medidas de poco calado con las que prácticamente nadie puede estar en desacuerdo. ¿Quién puede negar, por ejemplo, que “es fundamental la búsqueda de la excelencia y la innovación en todos los niveles de la educación y la formación”? ¿Quién podría oponerse a la creación de aglomerados de investigación en Europa? ¿Quién no aplaudiría el reconocimiento de la importancia de las PYMES?
En los objetivos, en las metas finales, todo el mundo está de acuerdo. Incluso nos pondremos de acuerdo en aceptar el término “flexiguridad” (equilibrio entre la flexibilidad y seguridad en el mercado laboral), al que ustedes han dado carta de naturaleza, por mucho que protesten los académicos de la Lengua. Todos de acuerdo, por tanto, en la expresión de los deseos; pero para hacerlos realidad hay que emprender reformas y tomar decisiones, y en ese terreno se mueven ustedes con mucha mayor dificultad.
Si solo fueran los resultados de una Cumbre no tendríamos por qué preocuparnos en exceso; se producen tres o cuatro Cumbres al año y lo que no se ha hecho hoy se puede hacer dentro de tres meses. Lo preocupante del resultado de esta reunión del Consejo Europeo es que representa un claro síntoma de cómo se están afrontando las nuevas realidades: infinidad de análisis, multitud de diagnósticos, gran cantidad de buenos deseos, pero ni un gramo de acción.
Falta valentía para coger al toro por los cuernos, y liderazgo compartido para impulsar un proyecto ilusionante. Todos están más o menos de acuerdo en lo que hay que hacer, pero todos se muestran absolutamente de acuerdo en que hay que dejarlo para más adelante.
No obstante, hay que mantener la esperanza. El proceso de integración europea no siempre ha ido en línea recta ni a velocidad de crucero; a veces, lo ha hecho de forma zigzagueante, con parones incluso. Pero al final se ha impuesto la cordura y el “principio de necesidad”. Tarde o temprano haremos lo que tenemos que hacer aunque, eso sí, con un coste mayor, oportunidades desaprovechadas y un tiempo irrecuperable.
Insisto, sr. Presidente del Gobierno, en que no se tome estas palabras como un ataque personal. A usted le corresponde, como es lógico, su cuota parte de responsabilidad en tanto que miembro del Consejo, pero ya sabemos que este es un campo de maniobras donde su señoría no se mueve con desenvoltura. Se ha especializado usted en ceder donde no debe (Niza, Pacto de Estabilidad, fondos europeos) y en plantear distingos y excepciones donde no nos conviene.
Porque el Consejo de la pasada semana, y esto es lo más importante que de lo que ha ocurrido, no se ha limitado, señorías, a un melancólico seguimiento de los objetivos de la Estrategia de Lisboa. Ha tratado también la política energética en Europa y ahí nuestro Gobierno si que ha puesto una “pica en Flandes”. España, uno de los países que impulsaron desde el principio el proceso de Lisboa, consigue ahora introducir una excepción para quedarse fuera de la apertura del mercado interior de gas y electricidad previsto para el año próximo.
A uno de los pocos hechos concretos derivados de esta Cumbre reconocido como objetivamente bueno por todo el mundo –la apertura del mercado energético-, le decimos que no. El Gobierno español ha preferido colocar a España dentro del reducido grupo de países que se oponen a una mayor integración europea en este ámbito.
Frente a la propuesta de creación de un mercado interior de la energía de los países que quieren avanzar más rápido en la construcción europea, este Gobierno prefiere poner excepciones y cláusulas de salvaguardia para limitar el grado de integración de España.
Es la primera vez que el gobierno español pone palos en las ruedas del carro de la integración europea. Por lo inaudito del caso, el Gobierno tendría que dar una explicación más plausible de la que ha dado hasta ahora; porque alegar como motivo el “aislamiento”, o dicho de otra manera, el escaso grado de interconexión de nuestras redes con el exterior, se cae por su base.
Si el problema es que estamos “aislados”, pidamos a la Unión Europea las medidas para salir del aislamiento, pero no nos encerremos. La verdad es que, más que un argumento, esto del aislamiento suena a pretexto o coartada. Especialmente cuando una buena parte de la responsabilidad de ese bajo grado de interconexión con las redes europeas la tiene un gobierno “amigo”, el tripartito catalán, que impide la construcción de la red de alta tensión para conectarnos con Francia, en función de los planteamientos fundamentalistas en materia medioambiental de uno de sus socios; cuestión que viene a agravarse porque el nuevo Estatuto, que tan primorosamente han negociado ustedes, le otorga a ese gobierno autonómico competencias plenas en ese campo, con lo que la permanencia del aislamiento está servida.
Pero esto no puede ser, repito, más que una excusa. Incluso, ahora, ya dicen que España se incorporará al proceso de apertura cuando el mercado energético esté perfectamente armonizado y exista un regulador único para todo el ámbito europeo.
Les recuerdo, señorías, que ésta fue la táctica que utilizaron aquellos Estados que se oponían a la integración de los mercados europeos, hasta la aparición de Acta Única en 1986: colocarse en una posición maximalista sabiendo de antemano que era de imposible cumplimiento en un razonable plazo de tiempo.
¿Qué subyace en el fondo de este “neoproteccionismo” al que se ha apuntado nuestro Gobierno? ¿Razones de seguridad, como se han aducido al extender las funciones de la Comisión Nacional de la Energía? Por cierto, le recuerdo que hoy el Comisario de Mercado Interior ha planteado que este Real Decreto plantea problemas de libre circulación de capitales y de trato discriminatorio respecto a una empresa. ¿Subayace eso o subyace la defensa de los intereses de los consumidores que, según el Gobierno, podrán beneficiarse más con el mantenimiento de un oligopolio nacional que con un mercado abierto? Señor presidente, sabe usted que nada de esto tiene el menor sentido.
¿Cuál es la verdad? La que todos conocemos. El objetivo real del Gobierno, al menos de una parte del mismo, encabezada por su presidente, porque es evidente que el Vicepresidente Económico está en franco desacuerdo y lo ha dicho, es poder ejercer un control arbitrario sobre un sector determinado.
No corresponde hoy hablar sobre unas operaciones empresariales a las que el Gobierno ha convertido en esencialmente políticas. Pero no se entiende la posición del Sr. Rodríguez Zapatero en Bruselas, poniendo trabas a la liberación del sector energético, si no es en relación con la actuación que su Gobierno viene desarrollando en relación con las OPAs sobre Endesa. Es de cajón y lo sabemos todos, incluido el señor vicepresidente económico del Gobierno.
Por no verse derrotado en una batalla que nunca debió ser suya, este Gobierno pone en peligro los intereses de los consumidores, que debía constituir su exclusiva preocupación en este terreno. El Gobierno, con la excepción del señor vicepresidente económico, se ha planteado la OPA de una empresa sobre otra como un pulso propio (él sabrá las razones que le llevan a ello) y, para no perderlo, no tiene el menor reparo en cambiar las reglas del juego en mitad del partido ante el descontento evidente del señor vicepresidente económico del Gobierno. Y, ahora, aprovecha el debate sobre la creación del mercado único de la energía para intentar otorgarle un “discurso teórico” a lo que no es más que una chapuza arbitraria. Todo ello, ante el asombro y el sonrojo del señor vicepresidente económico del Gobierno.
Por cierto, como he tenido que aguantar infinidad de manipulaciones sobre la posición del Partido Popular sobre este tema, quiero dejar clara una cosa:
Y les hablo con la legitimidad que me otorga haber formado parte de un gobierno que, siguiendo las recomendaciones del Tribunal de Defensa de la Competencia, paralizó la unión de Hidrocantábrico y FENOSA, prohibió la unión de Gas Natural con Iberdrola y vio cómo frustraba, en sus inicios, el intento de REPSOL por hacerse con Gas Natural e Iberdrola.
Como pueden comprender, sus señorías, hubo presiones políticas para todos los gustos: los del PNV, cuando hablábamos de ENDESA e Iberdrola, y los de Convergència i Unió, cuando hablábamos de Gas Natural sobre Iberdrola. Pero los criterios que predominaron fueron la defensa de la competencia y de los consumidores.
Decir, como se ha dicho, que nosotros preferimos una empresa alemana a otra es, lisa y llanamente, una falsedad. Los que tienen que elegir, si les dejan, son los accionistas y ellos sabrán cómo tienen que defender sus intereses. A mí lo único que me importa es que funcione la libre competencia y que no se creen monopolios, porque esa es la mejor salvaguarda del interés del consumidor.
Les aseguro que no tengo ningún otro interés porque ni siquiera nadie nos ha condonado una deuda milmillonaria. Ni en España, ni fuera de ella.
Por lo tanto, pueden continuar ustedes con esa demagogia que les caracteriza, pero no podrán convencernos de que su interés por los “campeones nacionales”, sus peticiones de excepcionalidad basadas en el aislamiento, o sus apelaciones a la seguridad no son más que razones espúreas para ocultar su forma más genuina de hacer política: esta OPA sale adelante “como sea”.
Un “como sea”, como muy bien sabe el vicepresidente económico del Gobierno, que nos va a costar un serio disgusto en la Comisión Europea y que deja en los mercados internacionales una marca indeleble sobre la forma de comportarse del actual Gobierno de España.
Esta misma mañana, como muy bien sabe el vicepresidente económico del Gobierno, el Comisario Europeo para Mercado Interior y Servicios ha anunciado que Bruselas remitirá a España una carta para expresar su disconformidad con la actitud ante la OPA de E.ON. Y luego, ya veremos. Lea usted, señor presidente, la prensa europea y vea lo que opinan sobre lo que está haciendo usted.
Termino ya. Tras los resultados de la Cumbre del Consejo Europeo en Bruselas, como ciudadano de la Unión Europea, me siento preocupado.
Preocupado porque no veo a nuestros dirigentes de este momento con la determinación necesaria para afrontar, de una vez, las nuevas realidades a las que nos enfrentamos. Los problemas no se resuelven ni ocultándolos ni dilatando su solución en el tiempo.
Nos queda la esperanza de que cuando suenen con más intensidad las señales de alarma, como ha ocurrido ya en materia energética, no tendrán otro remedio (no tendremos más remedio) que pasar de “las musas al teatro”, de la enumeración de bellos proyectos a las actuaciones concretas.
Y si como ciudadano de la Unión estoy preocupado, como español, preocupado y alarmado.
Alarmado por la actuación de un Gobierno que había prometido integrarnos en Europa (“volvemos a Europa”, ¿se acuerda usted, señor presidente?) y que, paradójicamente, levanta incomprensibles barreras en los Pirineos para evitar por lo visto la nefanda influencia de los aires liberales europeos sobre nuestro sector energético.
La paradoja es mayor aún, señorías. Ha tenido que ser un gobierno que presume de progresista el que rechace la apertura de los mercados europeos. Es el primer gobierno español que se muestra reaccionario en esta materia.
Parece mentira que un gobierno que proclama su preocupación por los ciudadanos se mueva en realidad por intereses que no tienen nada que ver con lo que conviene al conjunto de los españoles, como muy bien sabe el señor vicepresidente económico del Gobierno, que no se cree nada porque no hay quien entienda que se antepongan los intereses, los deseos, las ganas de quedar bien de alguno y que nadie le gane el pulso, con los intereses generales de los españoles. Esto es lo que hay y ahora se han buscado una curiosa y ridícula coartada en la Unión Europea."
