Entre el Este y el Edén
“Las personas felices tienen mala memoria y hermosos recuerdos”. Porque el recuerdo, nos dice Thomas Brussig en la voz de su narrador, borra los perfiles de la memoria y nos reconcilia con el tiempo ido. Y así, como un homenaje a las esperanzas de la juventud y al poder conciliador de la literatura, es como hay que ver La Avenida del Sol, novela que consolida la popularidad de este autor berlinés criado en la parte oriental de la ciudad.
La tarea no parece en principio fácil, porque Micha, el protagonista, y su grupo de amigos viven los últimos años del régimen comunista en la Alemania oriental, en el tramo final de la Sonnenallee, que se disputaron salomónicamente Stalin y Truman movidos, según el narrador, por el embrujo de su nombre. Pegados al muro que divide las dos partes de Berlín, están condenados a ver siempre a “los de Occidente” y a suspirar por las cosas prohibidas, sometidos a los controles policiales, a los posibles vecinos de la Stasi y a los ritos de supervivencia en un mundo absurdo.
Pero esto es sólo el telón de fondo de las emociones que se evocan. La Sonnenallee es un espacio casi mágico, desde que su nombre provocara uno de los escasos accesos de lirismo en Josef Stalin, que muy poéticamente se la quiso anexionar. En la Sonnenallee se entrecruzan el atolondramiento, la búsqueda y el despertar de estos jóvenes que practican el colectivismo callejero porque proceden de las “legendarios edificios Q3a”, tan pequeños que escupen permanentemente a sus inquilinos.
En este sentido, las peripecias de Micha y sus amigos poseen una aire universalmente familiar. Podemos reconocer la veneración por la música, sobre todo la prohibida, las teorías de redención cósmica, más cósmica cuanto más alcohol o drogas las acompañan, la horrible timidez adolescente y el enamorarse a morir de la primera vez. Y esas cosas, que son las de siempre, se convierten en el mayor logro literario de La Avenida del Sol, porque ordenan la novela recurrentemente y frenan el desbordamiento de la parodia que se acusa hacia el final. Este elemento, el del humor, muy bien dosificado al principio, va ganando terreno a medida que avanza la novela y el autor se deja tentar por la fuerza del esperpento. Y sin embargo, aparte del ritmo poético, la realidad debió ser así para los sufridos ciudadanos del paraíso comunista: un mundo que no se intenta comprender y en el que se sobrevive al margen de la lógica.
Micha y sus amigos descubren algo más: que la rebeldía es posible, y a veces fácil, y que la felicidad llega al fin, aunque sea a manos del tiempo. No la memoria, pues, sino las palabras con que ésta se borra (“¿Y si me hago escritor?”, se pregunta Micha en las últimas páginas). No lo que fue, sino lo que se sintió. Pero esto también es lo de siempre.
Thomas Brussig, La Avenida del Sol, Ediciones Siruela, Madrid, 2001, 138 páginas.
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