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Pablo Planas

España, Marruecos y el Mundial de 2030

Las pretensiones territoriales de Marruecos han recobrado el vuelo alentadas por los Estados Unidos ante el sesgo antijudío y proiraní del sanchismo

Efe

Si todavía existe el fútbol en 2030 se supone que el Mundial 2030 será organizado por España, Portugal y Marruecos. Resulta que lo que comenzó siendo una candidatura ibérica que además incluiría de algún modo a Ucrania por la guerra de Vladímir Putin ha degenerado en un experimento tripartito que puede acabar mal, muy mal o peor aún.

La semana pasada sin ir más lejos Marruecos se negó a que un avión medicalizado en el que viajaban dos pacientes contagiados por hantavirus repostara en Marrakech. El avión se dirigía a Ámsterdam desde Praia (Cabo Verde). Y no es que las autoridades marroquíes les negaran aterrizar en su territorio; es que les prohibieron sobrevolarlo. Alegaron la "naturaleza infecciosa" de los pasajeros.

Ese avión aterrizó y repostó en Gran Canaria. En las islas tienen la mano rota en materia de operaciones humanitarias. El archipiélago constituye el destino de gran parte de la inmigración ilegal de África. Cientos de miles de personas arriban cada año a las costas de las Canarias y son recibidas y atendidas con una generosidad infinita a pesar de la falta de medios y personal y de la racanería de un Gobierno que desprecia a los más leales servidores públicos.

Ocurre que los canarios, sus autoridades regionales, sus funcionarios, sus voluntarios y sus gentes suplen las carencias del Gobierno de España y de su Estado con un inmenso sentido de la humanidad, como se ha podido volver a comprobar en la crisis del hantavirus.

El régimen marroquí codicia Ceuta, Melilla y las Canarias. No es un aliado de España, sino su más acérrimo y enconado enemigo. La relación es nefasta por mucho que en Madrid se haga la vista gorda y se pasen por alto sistemáticamente todas las ofensas. Hay gente a ambos lados del Estrecho que ha hecho grandes fortunas con todos los sobrentendidos y malentendidos entre España y Marruecos. En el colmo del lenguaje diplomático se habla de una "estrecha colaboración" en la actualidad tras superar años de "tensiones cíclicas". Y de "fluida cooperación" en el control de fronteras. Un chiste.

Las pretensiones territoriales de Marruecos han recobrado el vuelo alentadas por los Estados Unidos ante el sesgo antijudío y proiraní del sanchismo y en un contexto en el que sobrevuela el acceso de la inteligencia del país vecino al contenido de los móviles de medio Gobierno español, incluyendo los de Pedro Sánchez, la ministra de Defensa y el del Interior. Pero eso sí, en un ambiente de tremenda lealtad, tradicional vínculo y amistoso comercio. Un buen rollo de no creer.

De modo que tras el próximo Mundial llegará el Mundial de España, Portugal y Marruecos, país en el que se acaba de celebrar una Copa de África que ha sido un éxito a la altura del Mundial de los derechos humanos de Catar. Recuérdese la final disputada en el estadio Príncipe Moulay Abdellah de Rabat entre Marruecos y Senegal, ese broche de oro con los árbitros a favor de Marruecos y con las autoridades del país anfitrión amenazando a la selección senegalesa.

A pesar de todo ganó Senegal, pero semanas después la Confederación Africana de Fútbol le otorgó el trofeo a Marruecos. Sólo lo de José María Enríquez Negreira y el FC Barcelona supera en gravedad a lo que ocurrió en aquella competición. Envalentonados por su impunidad, en Marruecos exigen que su país albergue la final de la Copa del Mundo de 2030, a la que esperan llegar por lo civil o por lo criminal. Portugal no debería prestarse a blanquear el régimen alauita. España tampoco, pero aquí manda un amigo, un siervo y un esclavo de Rabat.

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