He dado fin a un libro realmente seductor: “Mi hermano James Joyce”. Es una biografía del célebre autor de “Retrato del artista adolescente” escrita por Stanislaus Joyce, su hermano. Había nacido el 17 de diciembre de 1894 y falleció, en Trieste, el 16 de junio de 1955. Precisamente un día 16 de junio se inicia, como recordarán los lectores, la más célebre novela de Joyce, “Ulises”.
Richard Ellmann, autor de una espléndida biografía de James Joyce, sostiene que, además de ser uno de los primeros en reconocer el genio de James, Stanislaus Joyce “sobrellevó su singular carga con nobleza y disconfornidad”. Y en el breve prólogo que para la primera edición escribiera T.S. Eliot (que ésta mantiene), el poeta comenta que uno de los aspectos más interesantes del libro de Stanislaus Joyce, es el de la vida del autor. En efecto, su personalidad llega a interesarnos tanto como la de James, acaso porque “son muy parecidos y sin embargo muy diferentes”.
La obra sobre un hombre público “es útil cuando se trata de un hombre de letras, y arroja luz sobre sus obras”, observa Eliot. Tal, el caso de este libro. Cuanto más conozcamos al hombre, mejor conoceremos aquello que escribió.
Por cierto, esta biografía habría sido casi imposible de escribir sin el auxilio del Diario que llevó Stanislaus, desde los días juveniles hasta su último suspiro, y al que su hermano mayor, el biografiado, sin que Stanislaus lo supiera, leyó. En esas páginas es donde vemos a Stanislaus deslumbrado por el enorme talento de su hermano al que define como un genio.
James Joyce, como muchos otros escritores (Hemingway, Malraux), vivió mirando de reojo a los biógrafos. James Joyce era un hombre alto, delgado, un tanto desaliñado; su hermano, en cambio, era un hombre de estatura mediana, vigoroso, grueso. James era brillante e imprevisible; Stanislaus, “tan sencillo como un personaje de Ben Johnson”.
A partir de los primeros recuerdos, Stanislaus aparece ya marcado por el deslumbramiento: su hermano está allá, ubicado en un lugar destacado, desde el día en que se realizó una representación infantil, que hacía las delicias de la familia, y donde James encarnaba al diablo y Stanislaus era el poseso. Luego, por un período de diez años, Stanislaus se convirtió prácticamente en el guardián de su hermano mayor. En este sentido, corresponde señalar que el título en inglés del libro es, justamente, “El Guardián de mi hermano”.
El retrato de Stanislaus abarca a James hasta los veintidós años. Ofrece una pintura refinada del contexto familiar y de qué manera éste gravitó en la obra literaria de su célebre hermano. Habla de los tiempos de Dublín, de los amigos de la infancia, de la topografía de la ciudad. Mientras James hacía su brillante carrera en el mundo de las letras, Stanislaus prosiguió su trabajo de profesor. Como éste era un surtidor de ideas, de muchas de ellas fue apropiándose el hermano mayor y las utilizó para elaborar espléndidos momentos literarios, como en el caso de “Los muertos”. Richard Ellman sostiene, por otra parte, que James Joyce tomó numerosas anotaciones del diario de su hermano para realizar el célebre monólogo de Molly Bloom, en “Ulises”, y que prefirió atribuir el descubrimiento de esa técnica a Edourd Dujardin, el autor de “Les lauriers sont copués”, antes que a Stanislaus. Otro dato: originalmente había pensando en utilizar a su hermano menor como modelo para la novela “Retrato de un artista adolescente”.
Stanislaus Joyce estudió admirativamente a su hermano, e incluso le puso el nombre de James a su único hijo. Sí, es una lástima que no haya podido terminar el libro sobre él, porque la muerte lo alcanzó antes de llegar a la palabra fin, aunque tal cual está, “Mi hermano James Joyce” es un libro asombroso y seductor. Tanto, que posiblemente es uno de los más bellos del género. Merece ocupar un lugar en el mismo estante donde están las obras de su famoso hermano mayor.
Stanislaus Joyce, Mi hermano James Joyce, Adriana Hidalgo Editores, Buenos Aires, 2001.
Este artículo está publicado en el Semanal de Libertad Digital
