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Cuando salimos de Cuba

María, al saberse hablando sin moderar el tono ni mirar a los lados, dijo: "¡Qué bien, poder hablar en libertad!".

y María Espada / La Habana - París
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Salimos hacia el aeropuerto cinco horas antes de que nuestro vuelo despegara, pues nos habían advertido de que el Gobierno había decretado el cierre de comercios (un decir) y prohibido el tráfico en las calles próximas a la plaza de la Revolución, y que la medida empezaría a aplicarse sobre las siete de la tarde. Un poco más tarde debía celebrarse el funeral habanero en memoria de Fidel, con la participación de jefes de estado tipo Maduro, Ortega, Obiang, Mugabe, Peña Nieto, etc. "En memoria" es inexacto. Durante las cuatro horas de espera en la terminal del José Martí, donde seis grandes televisores retransmitían el acto, nos fijamos en que ninguno de los dirigentes osaba hablar de Castro en pasado. Fidel no era. Fidel es. El mismo libro de estilo que regía en la televisión cubana. Ortega, que empezó su discurso apiadándose de Allende por haber creído, tan bienintencionada como ingenuamente, en la toma del poder por vía pacífica, razonó el porqué del presente histórico. "Y yo me pregunto: ¿Dónde está Fidel?". Y al unísono, miles de habaneros: "¡Aquí!". Antes de que el presidente de Nicaragua retomara su discurso, el gentío estalló en un "¡¡Yo-soy-Fi-del!!" que el realizador, por si no había quedado claro, sobreimpresionó en amarillo. Si Fidel es, si sigue siendo, en definitiva, es porque se ha transubstanciado en el Pueblo.

De hecho, de camino al aeropuerto habíamos sido testigos de esa transubstanciación. Pedro Luis, un coronel de aviación jubilado que a sus 70 años hacía de taxista clandestino, se había extendido en los logros de la Revolución. "Verán, Batista, el dictador que gobernaba antes de Fidel, mandó asesinar a miles de cubanos...". Hacia el kilómetro 5, más o menos, ya habíamos llegado a la mítica sanidad. ¿Recuerdan a Valia, la niña de Trinidad? Pues bien, Pedro Luis también clavó la pértiga en la sanidad española. "Y ahora díganme: en España, si alguien requiere un trasplante de corazón o ser tratado de un cáncer, ¿cuánto tiene que pagar?". España, a punto estuve de decirle, es líder mundial en trasplantes desde 1992; me lo impidió el temor a que infartara y, lo admito, su grado de coronel. Por supuesto, también me abstuve de hurgar en el hecho de que un hombre retirado, con las facultades algo mermadas, se dedique a hacer de chofer de turistas. Una cosa es refutar un sistema, pensé, y otra, una vida. Fue antes de ver el teléfono que gastaba.

–Veo que tiene usted un iPhone... ¿5?
–Cuatro, cuatro... Me lo trajo mi hijo, que vive en Miami.

Antes, también, de que nos explicara los fundamentos de la democracia cubana: "Usted elige a su representante de cuadra, el representante de cuadra al de barrio, el de barrio al de distrito... Y así hasta ​Raúl".

Ya en París, en el control de equipajes, María se refería a algún episodio del viaje y ella misma, al saberse hablando sin moderar el tono ni mirar a los lados, dijo: "¡Qué bien, poder hablar en libertad!". Delante, una cubana con pasaporte francés y bolso de Carolina Herrera nos miró y, negando con la cabeza, chasqueó la lengua. Sin duda, no habíamos entendido nada.​


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