La fuerte corrección sufrida por la bolsa norteamericana y la intensa desaceleración de los principales indicadores de actividad parecen anunciar el comienzo del final del ciclo expansivo protagonizado por los EEUU desde 1991. La denominada nueva economía, esto es, el impacto sobre la productividad de las tecnologías de la información en un entorno de mercados flexibles y de rigor presupuestario, explica en gran medida el largo período de prosperidad de la economía yankee y la carrera alcista de Wall Street. Esos factores estructurales explican parte de la película pero no toda.
Hay un componente insano en esta brillante etapa: la laxa política monetaria practicada por la Reserva Federal. Curiosamente, la opinión pública piensa lo contrario. Greenspan aparece ante la opinión pública como un verdadero héroe, como el salvador de la prosperidad norteamericana, como el hombre que salvo la economía mundial tras el crash bursátil de 1987 y la crisis financiera internacional de 1997. Sin embargo, una visión más profunda de las cosas no permite extraer conclusiones tan positivas.
Desde comienzos de los noventa, la cantidad de dinero en circulación ha crecido en EEUU más de lo que lo ha hecho la economía, y ha sido un determinante básico del boom norteamericano. La vertiginosa expansión del crédito no se ha reflejado en el IPC, pero sí en el precio de los activos bursátiles e inmobiliarios. Los inversores han confundido crédito barato y abundante con aumento del ahorro voluntario, es decir, de la oferta real de fondos prestables. En consecuencia, la inversión en bienes de capital se ha acelerado y el valor de estos se ha disparado de manera artificial. Como es lógico, una situación de esta naturaleza no puede durar indefinidamente. Antes o después es inevitable un ajuste, una purga de los excesos, que será más dolorosa cuanto más se retrase.
La estrategia desplegada por Greenspan es también la principal causa de la “burbuja” bursátil por la razón antes apuntada, y también porque ha garantizado a los inversores que si el valor de las acciones caía por debajo de un determinado nivel, la Reserva Federal les salvaría inyectando liquidez. Esta actitud ha introducido un elevado componente de “riesgo moral” en las decisiones de inversión y ha estimulado comportamientos irresponsables. En este contexto, la política del Maestro ha impedido que Wall Street corrigiese de manera suave sus cotizaciones y ha embalsado procesos de corrección que van a ser muy intensos.
Ante este panorama la pregunta es clara: ¿El aterrizaje norteamericano será suave o duro? La respuesta es difícil pero si la historia sirve de algo, EEUU nunca ha logrado pasar de un ciclo a otro sin entrar en recesión. Ahora bien, no hay que dramatizar. La economía yankee tiene la suficiente flexibilidad para salir rápido de una crisis y eso es lo más importante. Por lo que se refiere a Europa, la confianza empresarial ha descendido (se descuentan menores exportaciones a EEUU), pero la de los consumidores mantiene su vigor. En este contexto, es todavía pronto para determinar cual será el efecto de la desaceleración yankee sobre la economía continental.

EEUU, el final de la expansión
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