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La impotencia de la Reserva Federal

La Reserva Federal ha vuelto a recortar en medio punto sus tipos de intervención en un desesperado esfuerzo por evitar que la economía norteamericana entre en recesión. En estos momento, el precio del dinero en los EE.UU. es el más bajo desde 1964. Greenspan y el resto de los gobernadores esperan que esa inyección de liquidez estimule la demanda de consumo y de inversión dentro de seis o nueve meses. Según los modelos de la FED, ese el retardo con el que comienzan a surtir efecto las expansiones monetarias. Sin embargo, la agresividad mostrada por el banco central norteamericano es muy probable que no tenga los efectos esperados y no logre frenar la pendiente recesiva por la que se desliza la economía yanqui. De hecho, América puede caer en una “trampa de liquidez” que haga completamente ineficaz la política monetaria en estos momentos.

En buena medida, la Reserva Federal es responsable del ciclo bajista protagonizado por EE UU. Como la intensa expansión monetaria desplegada por ella desde comienzos de los noventa no afectó a la inflación, medida por el índice de precios al consumo, el instituto emisor norteamericano no fue consciente de los problemas que su actuación estaba incubando en la estructura económica de los EE UU, lo que no sólo le impidió actuar a tiempo, sino que le llevó a mantener una estrategia errónea cuyos costes empiezan a aflorar ahora. Si la FED hubiese endurecido su política desde 1993 en vez de mantener una senda expansiva, la coyuntura norteamericana y, por tanto, la mundial serían muy diferentes. Por desgracia, Greenspan se equivocó entonces y se equivoca ahora.

¿Por qué no se reflejó el espectacular aumento del circulante en los precios? Por tres razones: primera, por el fuerte crecimiento de la productividad en la segunda mitad de los años noventa; segunda, por la intensa apreciación del dólar en ese mismo período; tercera, por la mayor flexibilidad de los mercados en Norteamérica; cuarto, por el mayor potencial de crecimiento de la economía yanqui. Sin embargo, la actuación de la FED produjo una inflación de activos, principalmente bursátiles, y un espectacular aumento del crédito que han producido serios desajustes en la estructura de precios relativos de la economía distorsionando las expectativas de los agentes económicos y la asignación de los recursos, y desequilibrando la posición financiera de las empresas y de las familias.
En román paladino, las familias y las compañías norteamericanas se han endeudado más de lo razonable y los activos que cubrían ese endeudamiento (acciones) se han depreciado un 40 por 100 desde su “peak” en el año 2000. Son menos ricos y deben más.

Con unas tasas de interés artificialmente bajas y unas expectativas de crecimiento indefinido –“el ciclo había muerto”– las empresas acometieron inversiones excesivas, muchas de ellas inviables en caso de empeorar el entorno. Este empeoramiento estaba en marcha antes del ataque terrorista del pasado 11 de septiembre y se ha visto acentuado después de él. En este contexto es altamente improbable que los agentes económicos inviertan y consuman más en respuesta a unos tipos de interés más bajos y es probable que los utilicen para sanear su posición financiera. América tiene que purgar los excesos cometidos en la época de expansión y eso suele llevar tiempo. Por añadidura existe el riesgo de que una política monetaria tan expansiva provoque inflación, lo que haría entrar a los EE.UU. en una recesión inflacionaria o, al menos, en una situación de estancamiento económico con inflación.

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