Es todo escénico. En el más penoso sentido; el que Guy Debord diseccionase en un libro que no ha hecho sino crecer con el paso del tiempo (ya casi cuarenta años): La sociedad del espectáculo. La “fuga reaccionaria de la realidad”, por él analizada entonces como tendencia universal a sustituir la realidad por su espectáculo representado, toca techo, en nuestro inicio de siglo, mediante un obsceno deslizamiento semántico: el que, de momento insurreccional, trueca huelga general en acto teatral bien convenido.
Un militante de los años épicos del movimiento obrero —los que van, en términos generales, de 1848 a 1945— tomaría toda la jerga sindical de estos días por una mala pesadilla. Dirimir lo que se juega en una huelga general en términos de derecho, de legalidad o ilegalidad es escupir sobre la no poco trágica historia de la lucha de clases. En su lógica, la huelga general es el momento desencadenante de la insurrección revolucionaria. Y no hay insurrección o revolución que se negocie en términos de derecho. Una insurrección, una revolución, se gana o se pierde. La victoria, como la derrota, ponen ante el absoluto: el poder y la muerte respectivamente. De los canuts lioneses a los espartakistas de Berlín, de la Comuna parisina de 1871 al soviet de Petrogrado en 1917 o al de Budapest dos años luego. Era terrible y hermoso, ese juego a cara cruz de todo. Era terrible y hermoso. Nunca ridículo.
Nada, en esto de ahora, pervive de aquella épica. Sólo hay ridículo. Méndez, como Fidalgo, como el amplio aparato de burócratas a sueldo de sindicatos sin afiliados que paguen cuotas con que financiar sus oficinas ni sus sueldos, componen un funcionariado tan haragán e incompetente como es de rigor en cualquier funcionario. Pagado con los fondos públicos, el sindicato —todos los sindicatos—, que se exhibe obrero, no es sino un aparato de Estado más. Articulado —y también en concretos conflictos de intereses— con otros aparatos del Estado. Ni más ni menos que lo son los partidos: igual de ineficaces a la hora de financiar sus cuentas faraónicas mediante las aportaciones económicas de sus miembros. Para constatar que el tránsito de unos aparatos a otros es sencillo, basta con seguir la trayectoria de sujetos como José Luis Corcuera.
En su máscara de partido, el clan de Méndez y compañía parece mal situado para recuperar la mayoría electoral que le permita volver a repartir dinero, coches oficiales y demás sinecuras de los años González. Pasa, así, la máscara de sindicato a primer plano. Y al acto electoral lo sustituye el dispositivo escénico. Porque es escénico —nadie se engañe—, y para denominarlo, se usa la pugnaz denominación de huelga general que, en realidad, lejos de combate a muerte alguno, apenas llega ya a paso de danza.
Al día siguiente de una huelga general, el dirigente obrero del período clásico sabía que le esperaba la revolución o el paredón de fusilamiento (la cárcel, si tenía mucha suerte). Para nadie era gratis ese asalto final al cielo. Lucha de clases significaba entonces lo que significaba.
El día 21 de junio, Méndez y Fidalgo seguirán —pase lo que pase— cobrando inmaculadamente su sueldo del Estado (esto es, de los impuestos ciudadanos). No habrá sucedido nada. Literalmente nada: ni toma del poder ni aniquilamiento. Sólo un inerme espectáculo. En el lugar de los otros, igual de inermes, espectáculos de cada día. Y victoria y derrota tendrán menos gravedad que el aplauso o los silbidos que cierran el teatro cuando el telón cae. Leopardi: “Non sò se il riso o la pietà prevale”.

La escena de la huelga
En Libre Mercado
Servicios
- Oro Libertad
- Curso
- Inversión
- Securitas
- Buena Vida