Es imposible explicar las cosas mejor que lo hace el señor Rallo. La verdad es tan palmaria y evidente que sorprende no termine de cuajar en la sociedad a pesar del esfuerzo de la casta política por mantener la farsa y sus privilegios.
Sólo me gustaría abundar en un aspecto: los desempleados no son las únicas víctimas de un perverso sistema político que como el bombero pirómano causa los problemas que pretende resolver. Cinco millones de parados es un desperdicio absurdo de valiosísimos recursos que aumentarían nuestro nivel de vida de manera extraordinaria.
La estafa y el chantaje de políticos y sindicatos viene a ser ésta: creamos paro, sí, pero evitamos que los trabajadores pierdan poder adquisitivo. Colosal, grosera e infame mentira. Es obvio que si no hubiera desempleo se produciría más y, por tanto, los salarios reales aumentarían en la misma medida, y no nos sangrarían con tantos impuestos para mantener a desempleados y políticos.
Estamos inmersos en un círculo vicioso demencial: los políticos crean un paro que no resuelven con la “justificación” de velar por los intereses, amparando privilegios, de quienes sí trabajan; pero lo que en realidad hacen es mantener en la pobreza a esos mismos trabajadores, embaucados por una riqueza relativa frente a los parados, como una especie de pavos que votan por el día de Acción de Gracias. Como resultado, vivimos instalados en una suerte de misteriosa plaga bíblica que aparentemente sólo la casta política puede resolver, con lo que no nos la quitaremos de encima nunca.

Nadie explica el problema a la gente, entre otras razones porque decir la verdad no hace que quien la escucha la defienda, tan solo si ve en ello ganancia; de no ser así buscará los mil recovecos sofísticos para negar la evidencia (en definitiva todos somos empresarios y financieros, con nuestro haber y debe particular).
Si no se pueden sostener las pensiones públicas, habrá que bajar la cuantía de las mismas. Si la sanidad está en números rojos habrá que pagar por recibir muchos de sus servicios.
De todos modos la globalización del comercio --y contrariamente a lo que parece-- impide la competencia en salarios, puesto que muchos países producen con salarios tan bajos que si en España hubiese que pagar salarios de China el poder adquisitivo de los españoles se desplomaría y la destrucción de capital sería tremenda. Veríamos a los banqueros y fondos de inversión ir a la quiebara, y a los comercios poner el grito en el cielo ante la caída de sus ventas. Solo el mercado exterior lo compensaría. Sería un reajuste tan brutal que se necesitaría una dictadura para acometerlo y la bancarrota de todo el sector financiero y de la mayor parte de los servicios.
El gran problema de España (y de Gran Bretaña y Estados Unidos y de tantos otros países occidentales) es que le sobran productores pero no consumidores. La industria absorbió el excedente de mano de obra del campo; la robótica redujo la mano de obra en la industria y desplazó a esta al sector servicios; la informática también está reduciendo esa mano de obra. ¿Qué se hace con todo el excedente de mano de obra?
Todo parece indicar que no es suficiente con reducir salarios, que ha sido el método empleado décadas atrás, con una discriminación entre obreros antiguos y nuevos, cobrando estos últimos mucho menos que los anteriores por realizar el mismo trabajo, especialmente en el sector público. Ni eso será suficiente. En el sector industrial (del que apenas nos queda nada) la única manera de competir es reducir mano de obra y aumentar la productividad mediante la compra de tecnología, de bienes de equipo.
En una palabra: sobra gente en la producción de bienes y servicios, toda vez que la robótica y la informática han sustituido mano de obra y continuarán haciéndolo cada vez más; sumémosle a eso la crisis energética, que exigirá a las industrias unos altísimos niveles de eficiencia para poder sobrevivir, aparte de una caída enorme de los márgenes de beneficios.
La situación es tan complicada que ni siquiera reduciendo los salarios arreglaremos el problema del desempleo. Lo digo porque en 2009 yo ganaba por hora menos de lo que ganaba en el año 90, y aun así la empresa cerró. Lo mismo en la construcción, donde en la época de expansión un albañil a destajo ganaba más de tres mil euros mensuales y hoy nadie le contrata a diez euros la hora, sencillamente porque no hay obra. Y aunque cobrase a tres euros tampoco tendría trabajo.
La demanda de manufacturas está perfectamente cubierta por los asiáticos y los países de alta productividad, como Japón o Alemania; los demás bienes y servicios, al menos en España, están sometidos a la temporalidad, caso del turismo, y eso cuando los extranjeros vienen a nuestro país, que cada años vienen menos.
Lo triste es que esto no se arregla ni con una caída de salarios y cotizaciones. Ojalá fuera así, que eso precisamente fue lo que se hizo en la producción agraria, industrial y de servicios en los años anteriores, pero es que ni con eso es suficiente.