
Parece ser que van a elegir como alcalde de Nueva York a un tipo que quiere acabar con todo aquello que ha hecho que Nueva York sea Nueva York. Uno lee las crónicas que intentan perfilar al protagonista tras ganar las primarias de los demócratas y siente que casi todo ya lo ha escuchado antes. Por ejemplo, en El Confidencial nos dicen que "la clave de la victoria de Zohran Mamdani, congresista estatal de 33 años, de origen indio-ugandés, fe musulmana e ideología socialista, en las primarias a la alcaldía de Nueva York, es muy sencilla de entender: alquilar un apartamento de dos habitaciones en esta ciudad cuesta, de media, 7.800 dólares al mes". Lo cierto es que el tipo parece una especie de Colau con esteroides; y uno se pregunta cómo los neoyorkinos son tan memos como para pegarse un tiro así en el pie.
Por supuesto, esto no ocurre sólo en Manhattan. Dense una vuelta por la prensa británica y verán historias no tan diferentes para la mayoría de grandes urbes occidentales. En cada ciudad cambian las cifras (en Madrid todavía no hemos llegado a esos 7.800 dólares) pero el resumen es parecido. El precio de la vivienda se ha disparado. Por falta de nueva oferta (queremos el centro de nuestras ciudades intacto) y por una explosión de la demanda (nuevos residentes, trabajadores recién llegados y, también, algunos turistas más). Por lo que sea, pero esto está generando un cabreo enorme entre muchos de los vecinos tradicionales.
Lo primero, recordatorio de que los economistas (y los periodistas) somos nefastos haciendo previsiones. Durante la pandemia, se multiplicaron los artículos que hablaban de la ruralización posterior a la misma: nos íbamos a lanzar todos al campo en busca de más metros cuadrados y aire puro. Entre nuestra recién descubierta ansía por casas más grandes, la llegada de los coches autónomos y las conexiones por fibra para reunirnos por Zoom en zapatillas, no había nada que se interpusiera entre la naturaleza y nosotros. Todas las ventajas de las grandes ciudades parecían evaporarse y sólo quedaban ante nuestros ojos sus aspectos negativos: contaminación, tráfico, precios altos, prisas, tiempos de los desplazamientos...
Pues bien, visto lo visto hasta ahora, ni de broma. De hecho, desde 2021 hemos visto exactamente el fenómeno contrario: concentración en las grandes urbes, que siguen explotando las ventajas de la cercanía, las redes de contactos o los rendimientos cruzados de esos trabajadores de alta cualificación y muy productivos, que lo son todavía más porque se encuentran unos con otros.
Además, a eso le sumamos una demanda exterior creciente por el turismo y por una globalización que, en términos de cambios de residencia, es más importante cada día. Los ricos de los países del tercer mundo han descubierto que en las grandes ciudades occidentales viven mejor que en sus lugares de origen. En Londres o Nueva York pasa desde hace décadas. Aquí el fenómeno, a gran escala, es más cercano en el tiempo. Dense una vuelta por el Barrio de Salamanca o pásense por el Bernabéu un día de partido: sí, a los millonarios hispanoamericanos también les gusta el Madrid de Ayuso.
[Nota: buena parte de lo que decimos en este artículo sobre la vivienda puede replicarse en otros productos muy sensibles en términos emocionales. Por ejemplo, el otro día, viendo el primer partido de la semifinal de la NBA entre New York Knicks e Indiana Pacers, el comentarista comentó que el precio medio de la entrada para ese partido había subido ¡¡por encima de los 1.000 dólares!! De nuevo, demanda global para un bien no replicable. ¿Veremos en unos años el Bernabéu o el Camp Nou con más público no local que local? ¿Cómo sentará eso al aficionado clásico?]
Segundo recordatorio: es verdad en el centro de las grandes ciudades no hay mercado de vivienda como tal. O al menos no con las características que todos querríamos ver en un mercado real. En esto, algunos de los nuevos gurús de la izquierda (los de las expropiaciones) tienen una parte de razón. De hecho, precisamente es la parte que hace su discurso atractivo y peligroso en su media verdad. Lo que siempre se les olvida es que la falta de ese mercado es más culpa del Estado que de las fuerzas de la oferta y la demanda. Es la política la que prohíbe construir o poner nueva vivienda en el mercado allí donde se está demandando. Y sí, esto genera rentas en el peor sentido de la palabra (el rent-seeking que tanto denuncian los economistas: ganancias económicas derivadas de la manipulación de un mercado en su favor).
En tercer lugar, los ganadores y perdedores de estos años lo son no sólo en lo que hace referencia a la vivienda. Para los jóvenes, la combinación es radioactiva: precios de las casas disparados, fiscalidad centrada en el trabajo (IRPF y Cotizaciones) y un gasto público que tiene como prioridad máxima proteger ingresos de los pensionistas.
En las últimas semanas, el tema económico más repetido en la prensa española ha sido el de los salarios reales: que siguen por debajo de los niveles de 2018 (y en muchos casos de los de 2007-08). Es una obviedad, tras pagar impuestos y vivienda, hay muy pocos menores de 35 años que tengan más renta disponible que hace 10-15-20 años. No es extraño que estén un poco hasta el gorro. ¿Lucha generacional? Creo que todavía no hemos visto nada.
Por cierto, en este asunto, una propuesta que no me parecería descabellada es mover la fiscalidad desde el trabajo hacia el patrimonio inmobiliario y el consumo. Que ya sé que muchos liberales se llevarán las manos a la cabeza. Pero puestos a soportar el nivel impositivo confiscatorio que ya tenemos, creo que sería mejor reducir el peso relativo de los tributos que penalizan la inversión y el empleo.
Por último, una tendencia más de largo plazo pero que no debemos olvidar: la globalización humana (es decir, que cada vez sea más fácil desplazarse) no sólo nos afectará por la inmigración tradicional (que se mantiene en los mismos patrones que hace décadas) y por esa nueva inmigración de ricos (que, al menos en lo que hace referencia al caso español, se ha disparado en los últimos años). ¿Qué incentivos retienen en Madrid o Barcelona a un joven de alta cualificación y muchas opciones laborales? Cobrará menos y pagará más (impuestos, alquileres...) que en muchas otras grandes ciudades. A lo mejor no son Londres o Nueva York (que en muchos casos comparten problemas con nosotros), pero ahí estarán las Singapur, Dubái o Melbourne para llamar su atención. Y no hace falta que se vayan 10 millones de estos para que tengamos un problema. Se te marchan 200.000-300.000 trabajadores de los buenos y el impacto fiscal-laboral-productividad sería brutal. Pues en esas estamos en Occidente, poniendo las condiciones para que ocurra.
