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Suiza, el 'Disneyland' de las gallinas, se queda sin huevos

El ecologismo de despacho y el infierno administrativo fuerzan a los helvéticos a consumir producto extranjero tras hundir su propia oferta.

El ecologismo de despacho y el infierno administrativo fuerzan a los helvéticos a consumir producto extranjero tras hundir su propia oferta.
Un gallo blanco disfruta del paisaje montañoso nevado. | Flickr/CC/jmarchena

La crisis de los huevos comenzó en EEUU y, aun sabiendo lo que se nos venía encima, los productores europeos no pudieron reaccionar a tiempo debido en gran parte a las restricciones de Bruselas. En el caso de España, la gripe aviar obligó a confinar a las gallinas, lo que agravó todavía más el problema de oferta que ya teníamos, y los huevos se acabaron convirtiendo en uno de los productos que más subió de precio en 2025. En Suiza, considerada adalid del bienestar avícola y faro de la normativa europea, directamente se han quedado sin huevos.

En los supermercados suizos, donde antes estaban los cartones de huevos nacionales, ahora hay producto importado, con precios que superan los 6 euros la docena. La situación no sólo se debe a la gripe aviar, sino que es la consecuencia de un modelo productivo sometido a décadas de restricciones y al que se encaminan Bruselas y el Gobierno de España, según explica Federico Castelló, fundador de NeXusAvicultura, en un reciente informe publicado en NeXusAvicultura.com.

Suiza fue el primer país del mundo en prohibir las jaulas en batería para gallinas ponedoras a principios de los años noventa y desde entonces ha ido elevando los requisitos de espacio por gallina, el tipo de instalaciones y el acceso al exterior de las aves. El objetivo era garantizar el máximo bienestar animal y crear una especie de ‘Disneyland’ para las gallinas. El resultado ha sido un sistema muy caro, rígido y con poca capacidad de reacción cuando la demanda sube o aparece una crisis sanitaria.

El infierno de los permisos

Uno de los principales problemas, según detalla el informe, es que la legislación hace muy difícil ampliar explotaciones o construir nuevas naves. Lo mismo sucede con los gallineros móviles, una reivindicación de los animalistas para garantizar la hierba fresca y evitar la acumulación de excrementos. La cuestión es que, aunque tenga ruedas y se mueva por el prado, el Gobierno suizo lo considera un edificio y hay que tramitar un permiso cada vez que el granjero desplaza el remolque, aunque sean 50 metros.

Suiza prohibió las baterías de jaulas en 1992, adelantándose 20 años a la Unión Europea, lo que fue motivo de orgullo para los suizos. Poco después, aumentó el espacio que debía de tener cada gallina (lo mismo que quiere hacer el Gobierno de Sánchez con los cerdos) y esto redujo el número de ejemplares en las granjas, porque pedir la ampliación de las instalaciones era un infierno burocrático.

A esto, explica Castelló en su informe, se suma la gran idea de aprobar una ley para reducir las pérdidas de nitrógeno y fósforo que obliga a fabricar piensos con menos proteína bruta. ¿Y qué pasa si una gallina no recibe los nutrientes necesarios? Pues que se dedica a picar a otras gallinas para alimentarse de su sangre y sus plumas. "El resultado del ecologismo de escritorio es el canibalismo en el gallinero", resume Castelló. ¿Y qué se hizo para evitar que las gallinas se matasen entre ellas? Fácil. Aumentar todavía más la distancia entre ellas. Y así es como el Gobierno se cargó definitivamente el sistema avícola del país.

Del orgullo nacional a la dependencia exterior

Paradójicamente, la escasez de huevos ha obligado a importarlos de otros países, producidos bajo normas menos estrictas que las exigidas en de Suiza. Es decir, que la gente exige huevos de gallinas felices pastando en prados alpinos, pero acaba consumiendo los que se producen en el extranjero con sistemas prohibidos por la legislación suiza.

El informe de NeXusAvicultura describe este fenómeno como una externalización del problema: se mantiene el estándar ético en casa, pero la producción real se traslada fuera cuando el sistema no puede abastecer al mercado.

Esto es exactamente de lo que se quejan los agricultores europeos que se oponen a Mercosur. Y, sin embargo, posiblemente sea mejor ejemplo de por qué las cláusulas espejo (obligar a los terceros países a producir con las normas europeas) no son una solución sino un suicidio colectivo, tanto para los productores como para los consumidores.

Una producción atrapada

Para Castelló, el sistema suizo ha dejado de ser atractivo para los avicultores. Con normativas cambiantes, recortes de ayudas públicas y altos costes tecnológicos —como el sexaje de embriones para evitar el sacrificio de pollitos macho—, la inversión se ha frenado. Sin nuevas granjas ni renovación de las antiguas, la producción queda atrapada en un techo que no se puede romper, mientras el consumo sigue creciendo.

El resultado es un mercado con precios elevados, estanterías vacías en momentos puntuales y una dependencia creciente del exterior, justo lo contrario de lo que buscaban las políticas diseñadas para proteger al animal y al productor local.

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