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Productividad, asignatura pendiente

El espejismo de un crecimiento basado fundamentalmente en la creación de empleo, sin preocupación por qué tipo de empleo estamos creando, es un narcótico que adormece los problemas en lugar de resolverlos.

El espejismo de un crecimiento basado fundamentalmente en la creación de empleo, sin preocupación por qué tipo de empleo estamos creando, es un narcótico que adormece los problemas en lugar de resolverlos.
Europa Press

No es la única asignatura pendiente del presidente Sánchez en su acción como gobernante. Las soflamas, los bulos, los tópicos, los viajes a lo largo y ancho de los continentes, no son más que anécdotas, quizá para distraer a la clientela, porque los frutos tangibles no aparecen por sitio alguno. Ya se verá porque, siguiendo el viejo refrán, reirá mejor el que ría el último.

Aunque la cosa no es para reírse. El señor Sánchez, nuestro presidente de Gobierno, sigue lanzando sus máximas de éxito gobernante – nada dice de que en Europa ni le citan – afirmándose en su soniquete de que, la economía de la nación española va como un cohete.

¿Puede haber salud económica, no ya crecimiento sano de la economía, cuando la productividad está por los suelos? El espejismo de un crecimiento basado fundamentalmente en la creación de empleo, sin preocupación por qué tipo de empleo estamos creando, es un narcótico que adormece los problemas en lugar de resolverlos.

Hablamos de productividad que, de forma muy breve, pero elocuente, la definía el "Breve Diccionario de Economía" de Lozano Irureste, como "Cantidad de producto por unidad de factor productivo utilizado, generalmente el factor trabajo". La propia Real Academia Española, define la productividad, en su segundo significado, como "Capacidad o grado de producción por unidad de trabajo, superficie de tierra cultivada, equipo industrial, etc.".

Según estas definiciones ¿podemos decir que, en España, priorizamos la calidad del recurso productivo, frente a la cantidad indiferenciada del mismo? No hay crecimiento económico serio, solvente y que pueda considerarse en el largo plazo, que no se base en esa mayor productividad de los recursos productivos.

Dicho lo cual, conviene recordar al señor presidente del Gobierno, y al coro que le circunda, que el ciclo político que se inicia en España el dos de junio de 2018, había recibido unos índices de productividad en 2017, superior a la media de la Unión Europea de los 27 países (101,9), siendo la U.E. (100.0).

Ya el medio año del nuevo Gobierno hace que, en 2018, nos situemos ligeramente por debajo de la media (99,8), ahondando en años sucesivos: año 2019 con (98,5), año 2020 con (92,8), año 2021 con (93,7), año 2022 con (94,7), acabando el año 2023 – último año publicado por EUROSTAT – en un (97,0).

Lejos quedan, países como Bélgica, Alemania, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Países Bajos, Austria y Suecia, todos ellos por encima de la media europea de (100,0), alguno, el que más como Irlanda, con un índice de (200,3). ¿No será que pertenecemos a otro club? con: Chequia (85,2), Estonia (77,5), Chipre (89,2), Lituania (80,9), Polonia (82,7), Portugal (80,5), Rumanía (84,2) … Países de larga historia, pero con problemas de eficiencia productiva.

En este escenario, los costes laborales unitarios, especialmente los salarios y las cotizaciones sociales, frente a otros países competidores, crecen sin consideración a la productividad del trabajo, lo que disminuye nuestra competitividad, tal como ha reconocido el Ministerio de Economía, ya en todo el año 2025.

¿Cómo podemos seguir pregonando, que vamos como un tiro? Con el pregón, provocaremos mofa, no engaño. Aunque, seguiremos intentándolo.

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