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Los culpables de la epidemia de soledad son los 'bustinduys', no el neoliberalismo

Las palabras de Pablo Bustinduy sobre la soledad reabren el debate sobre el Estado, el mercado y la familia.

Las palabras de Pablo Bustinduy sobre la soledad reabren el debate sobre el Estado, el mercado y la familia.
Pablo Bustinduy en el Congreso de los Diputados. | EFE

Me encuentro con este tuit con unas declaraciones del ministro de Derechos Sociales, Pablo Bustinduy:

Y lo primero debería ser celebrarlo. El Gobierno admite por fin un problema del que desde hace años se viene alertando, esa "epidemia de soledad" de la que leemos en los medios y que, nos dicen, se ve reflejada en el creciente número de personas que viven solas sin desearlo. Uno pensaba que el ministro estaría encantado, llevan años intentando acabar con las dos principales redes comunitarias (la familia y la iglesia); y estos datos demuestran están teniendo éxito. El problema es que resulta que la mayoría de los que se encuentran al fin aislados (y dependientes del Estado) descubren que aquello no es exactamente como les habían prometido.

Lo más curioso, sin embargo, no es que Pablo Bustinduy se caiga del guindo, sino los culpables que busca: "Décadas de una antropología neoliberal y una concepción individualista de la sociedad". La izquierda, de nuevo, culpando a los demás de las consecuencias de que se cumplan sus designios.

Lo primero: el mercado no debe ser ni el único ámbito de la vida de una persona ni la única forma de socializar de esta. Dicho esto, otra obviedad: si algo no es el mercado es individualista. No hay ninguna otra estructura de cooperación social más extendida. Cualquier cosa que encontremos en el mercado (hasta un tipo dando clases de yoga desde su casa) necesita de la intervención de cientos de miles de otras personas para llevarse a cabo (desde los programadores de la empresa que le facilita la videollamada a los que fabricaron la cámara con la que se graba). De hecho, esa es una de las más positivas características del mercado: para lograr un intercambio todos tenemos que pensar en los demás, en sus necesidades, no en las nuestras. Prosperamos pensando menos en nosotros mismos (en nuestro capricho) y más en los demás (lo que les podemos aportar).

Es cierto (a esto podría agarrarse Pablo Bustinduy si quisiera hacer un discurso basado en algo real) que la prosperidad que ha generado este sistema capitalista en el que vivimos puede tener una derivada peligrosa: por primera vez en la historia, hay individuos tan ricos que pueden plantearse una vida al margen de las tradicionales redes de apoyo (familias, vecinos, iglesias). Y al decir "individuos ricos" no me refiero, ni mucho menos, a millonarios: cualquier ciudadano de clase media de un país occidental está en esa situación.

Pero no conozco ningún liberal (y conozco unos cuantos, les aseguro que estoy cerca de casi todos los círculos liberal-libertarios que hay en España) que defienda ese aislamiento como deseable. En realidad, la palabra cooperación debe ser de las más habituales en las grandes obras del liberalismo-libertarismo. Y ya no les digo en ese liberalismo-conservador o en el paleolibertarismo cada día más en boga (les dije que estoy en todos; pero estos dos últimos me gustan especialmente). Es que incluso en la obra más individualista que podamos imaginar, como La rebelión de Atlas de Ayn Rand, el protagonista no se escapa a un rancho perdido para vivir en soledad, sino a la quebrada de Galt; cuando huye del Estado, lo que busca es a otros que compartan sus creencias.

Ninguna entidad es más liberal que el club, la asociación, la cooperativa… Da igual el nombre. Lo importante es lo que define a estos organismos: (1) son de adscripción voluntaria; (2) todos tienen reglas que sus miembros acuerdan cumplir (y que sólo se pueden cambiar por acuerdo, según los procedimientos establecidos). Los liberales no recelan de los Estados por colectivistas, sino por obligatorios-impuestos.

Por eso mismo, por la competencia que le hacen, desde hace más de 200 años, los estatistas de todo tipo han ido acaparando las funciones que desde siempre han llevado a cabo estos cuerpos intermedios. A los bustinduys de nuestra historia no les gustan ni las familias, ni las iglesias, ni los clubes, ni las asociaciones… Y no les gustan porque son libres y de acceso voluntario. Porque minoran la lealtad al Estado. Porque todos somos más de nuestra familia o nuestra iglesia que de nuestro ministro.

No hay más que pensar en el crecimiento del Estado en los últimos cien años. ¿Se ha hecho a costa del mercado? En parte sí. Pero casi diría que la principal víctima ha sido eso que ahora llaman "tercer sector". Al menos el tercer sector libre, no subvencionado, autónomo. Desde las cooperativas de trabajadores del siglo XIX, que proporcionaban seguros de todo tipo a sus afiliados, a las organizaciones ligadas a las diferentes confesiones religiosas (hospicios, escuelas, hospitales…): todos ellos han sufrido el embate de un Estado que se arroga una cuasiomnipotencia sobre nuestras vidas. Si permiten que alguno sobreviva, es porque lo tienen domesticado y presupuestado. Pero a las organizaciones voluntarias y libres siempre las han mirado con recelo.

Lo mismo podríamos decir respecto del creciente peso económico del Estado. De las pensiones al Ingreso Mínimo Vital, ¿qué buscan y qué consecuencias tienen estos esquemas de ayudas? ¿Sirve para generar comunidades o para disolverlas? ¿Te unen más a los que te rodean o te separan de ellos? No hay que ser un lince para verlo. Es que hay algunas que directamente son exclusivas para quien está solo: lo venden como "si estás solo, yo te protejo"; el mensaje real está mucho más cerca de "pasa de todos esos tan molestos que te rodean y quédate solo, que yo te protegeré".

Por supuesto, el ejemplo más evidente es el de las pensiones. Piensen en la diferencia que hay entre un sistema de capitalización y uno de reparto. O en uno mixto, que combine una prestación mínima universal y permita ahorrar y acumular a cada trabajador. Por qué creen que se cargaron los modelos de mutuas (por cierto, en la Dictadura, pero eso queda para otro día) para implantar lo que tenemos ahora. ¿Para acercar a las comunidades? ¿Para crear redes de apoyo? Ni de broma. Lo hicieron, empezando por Bismarck y siguiendo por todos sus seguidores, hasta llegar a Bustinduy, para que todo lo que tengas cuando seas viejo se lo debas a ellos. Un sistema de capitalización te aleja de su poder y te acerca a los tuyos (entre otras cosas, porque lo que con tanto esfuerzo has ido acumulando, se lo puedes dejar a ellos). El de reparto, al contrario, te entrega al político de turno. Y te hace pensar cuando eres joven que no necesitarás a nadie en el futuro, sólo al ministro de Seguridad Social, que te extenderá el cheque (porque te has ganado ese "derecho" con tu cotización).

Es mentira, claro. Lo del derecho, también, porque algo que está en sus manos quitarte o cambiarte las reglas no es un derecho. Pero sobre todo, es mentira lo de que no necesitarás a nadie. Claro que lo necesitarás. Por muy alta que sea la paga. En los países nórdicos, que llegaron a esto mucho antes que nosotros, ya se han dado cuenta. Ni una pensión, aunque sea muy elevada puede sustituir a un hijo o a un sobrino; ni un funcionario de dependencia, por muy comprometido que esté, te coge el teléfono un domingo para hablar contigo. ¿Y esto es culpa del neoliberalismo? Lo peor de la izquierda no es lo mucho que se equivoca; lo peor es que, encima, cuando tiene éxito, nos da la murga.

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