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Las mil y una caras de Marruecos: burkas, el Che Guevara y el Corán

Mujeres con burkas, imágenes del Che Guevara y bereberes. Todos los Marruecos se mezclaron el 20 de febrero.  

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Islamistas, partidos de izquierda, grupos ilegales, y muchos jóvenes. La manifestación del 20 de febrero de Marruecos fue un auténtico crisol de tendencias, incontestable reflejo de la contradictoria sociedad marroquí, en la que la diversidad de lemas y pancartas fue la nota dominante. "¿Cómo te has enterado de la manifestación? ¿Quién te ha convocado a venir?", preguntábamos a quienes recorrían las calles de Rabat el sábado. Sólo los más jóvenes aludían a Facebook y otras redes sociales, mientras que las mujeres cubiertas con burka se mostraban mucho más huidizas: "Acudimos para reclamar libertad y justicia para nuestros hijos", contestaban.

Estas mujeres fueron las primeras en llegar a la plaza Bab Alhad de la capital marroquí, pertrechadas con las fotografías de sus familiares para los que pedían la liberación: presos islamistas encarcelados tras los atentados de 2003 de Casablanca. La intensa lluvia y la presencia policial compartían protagonismo mientras cada vez más ciudadanos iban apareciendo en la plaza. "Toda la semana ha hecho un sol espléndido, y hoy mira", nos decía con desamparo Ali Amar, periodista marroquí independiente que ha formado parte activa de la protesta. Sin ambages, puso de manifiesto su miedo al fracaso: "Hay mucha gente que tiene miedo, y además esta mañana el gobierno ha vuelto a difundir que la manifestación estaba anulada". Y es que la estrategia del régimen alauí se enmarcó en la deslegitimación de la protesta, y difundió –a través de la agencia oficial MAP- que las divergencias entre los convocantes habían derivado en su anulación.

Esa certidumbre cobró fuerza durante los primeros momentos, cuando periodistas y curiosos casi igualábamos en número a los manifestantes. Pronto comenzaron las primeras protestas y el ambiente se fue caldeando, la multitud llenaba la plaza. Las consignas iniciales exhibían un talante conciliador: "Por la libertad y la justicia", clamaban, "Justicia y solidaridad nos llevarán a la libertad". El operativo policial permanecía observante, desplegado alrededor la plaza y preguntando a los periodistas los medios para los que informaban. Según relataron los propios marroquíes las autoridades habían dificultado el acceso al corazón de la capital, a lo que se sumó una importante merma en las comunicaciones interiores del país, con conexión a Rabat. Los trenes redujeron misteriosamente su frecuencia y el puente que conecta con la ciudad de Salé contaba con una inusual filtración del tráfico.

La multitud desafía a la lluvia

Al filo de las once, estos esfuerzos por reventar la convocatoria se desvelaron infructuosos. Con la lluvia aún presente, la cifra de manifestantes sobrepasaba ya los dos millares, y la multitud se hizo fuerte. Los convocantes del movimiento del 20 de febrero ya se atrevían a hablar de sus planes de la protesta: "Dentro de poco, avanzaremos hasta el Parlamento, aunque la Policía ha amenazado con cargar contra nosotros", nos contaban. El ministerio del Interior marroquí había autorizado la marcha, a condición de que esta se quedase en Bab Alhad –curiosamente, ‘la puerta del domingo’.

Los ultraconservadores y afines al régimen reventaron la relativa calma de las protestas. Agazapados entre la multitud, sacaron simultáneamente retratos de Mohamed VI y pancartas con versos coránicos, insultando a quienes demandaban mayores cuotas de libertad: "Infieles, estáis traicionando nuestros principios", les espetaban. Se vivieron entonces escenas de tensión, con enfrentamientos entre dos posturas antagónicas. Felizmente, los manifestantes sacaron de la multitud a los alborotadores y continuaron con sus consignas. La Policía ya señalaba que habían sobrepasado los 3.000 manifestantes.

Sólo de manera aislada se escucharon exhortos al derrocamiento de Mohamed VI. Hablaras con quien hablaras, todos ponían de manifiesto el extraordinario cariño que el país aún profiere al monarca: "Es nuestro Rey y le queremos, pero no es incompatible con un país con una democracia moderna", nos explicaba un profesor universitario. Y es que, en ese complicado amalgama que conformó la manifestación, uno de los escasos nexos de unión era la querencia por el monarca. No quieren derrocamientos, pero tampoco inmovilismo.

Las mil y una caras de la protesta

Transcurrir por el cortejo de la manifestación resultaba desconcertante. Un compendio irresoluble de lemas, pancartas más y menos elaboradas despertaban confusión entre los periodistas. La marcha se desdoblaba en diversas cabeceras, que a mediodía ya ocupaban las dos arterias principales de la ciudad –la avenida de Hassan II y de Mohamed V- en dirección al Parlamento.

Al principio de ella, se encontraba la encabezada por los jóvenes convocantes, que inmortalizaban con sus móviles imágenes que al instante ya estaban disponibles en Youtube. Dirigían las consignas jóvenes mujeres sin velo, con vaqueros ajustados, pañuelos palestinos y megáfonos. "¡Rechazamos una Constitución hecha para los esclavos!", vociferaban al unísono. Era la cara más visible de la manifestación, pero ni mucho menos la única.

Unos metros más atrás sostenían pancartas personas de más edad, que clamaban contra el primer ministro Abbas El-Fassi y Mounir Majidi, secretario personal del monarca. Los gritos contra el artículo 19 –que otorga casi el poder absoluto al Rey- eran ensordecedores. El régimen de la hogra se llevó no pocos insultos. Los alborotadores encontraron aquí el terreno más fértil para ocasionar disturbios, imprecando a los manifestantes por su "traición" a un "rey bueno". Incluso nosotros, por ser españoles, nos enfrentamos a gritos que reclamaban la soberanía del Sáhara ante el "expolio" español.

Pero sin duda, el cortejo más hermético lo conformaban las mujeres veladas. Reacias a las fotos y a los periodistas sólo exhibían sus pancartas en árabe, mientras recitaban el Corán. La coordinadora de ellas se escondía de las fotografías, mientras asía en una mano el libro sagrado y en la otra, una modernísima Blackberry.

En la cola de la manifestación se arremolinaban los llamados lefties, jóvenes de la izquierda marroquí equipados con una completa imaginería del Che Guevara, Lenin y banderas palestinas. Su cortejo en la manifestación mostraba el ambiente más festivo y relajado, el único en el que se escuchaban llamamientos al derrocamiento de Mohamed VI y su camarilla.

Completando la multitud quedaban centenares de escenas y pancartas inclasificables: bereberes descalzos, mujeres jóvenes que proclamaban la liberación patriarcal, tradicionalistas despistados, jóvenes vestidos de traje y corbata demandando el fin del colonialismo francés, mujeres que pedían la imposible vuelta de Hassan II, y miles de teléfonos móviles de última generación grabando cada mínimo detalle.

Cuando al fin la cabecera de la manifestación alcanzó las puertas del parlamento, la marcha se tornó netamente festiva. Varios jóvenes amenizaban el ambiente con música, y los vendedores de dulces hicieron el agosto con una multitud que ahora reutilizaba los paraguas para protegerse del sol. Todos los Marruecos posibles se dieron cita sobre el césped, en el que los más jóvenes buscaban descanso y bronceado, los más ‘fieles’ se postraban al rezo, y todos se felicitaban por el espectacular triunfo de una marcha multitudinaria. Más de cinco horas de manifestación no unificable bajo un criterio único, del que tampoco se pudo excluir ninguno.

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