Toledo tiene muchas razones para visitarla. No solo por su carácter de ciudad monumental. También es una maravilla paisajística y sus museos no están nada mal. Un ejemplo de ello es el dedicado al escultor Victorio Macho, situado en las laderas del río Tajo, mirando al paisaje exterior de la ciudad, donde están los cigarrales (las casa extramuros típicas de la ciudad imperial). Está enclavado en un paraje precioso y el proyecto, de 1952, es del arquitecto Secundino Zuazo. Consta de la casa del artista, el “tallerón”, es decir: del estudio que mandó construir para trabajar en las grandes piezas en las que estaba especializado y el jardín lleno de obras de la colección del artista.
Victorio Macho (Palencia 1887-1966) fue miembro de la generación del 98. Su escultura se destacó por la sobriedad del tratamiento de las formas y un ejemplo de ello son los bustos de sus compañeros de generación como Miguel de Unamuno, Pío Baroja o el monumento dedicado a Benito Perez Galdós en el jardín del Retiro madrileño. Otra de sus líneas de trabajo fueron los grandes grupos escultóricos en los que, además de su sobriedad castellana, jugó con la idealización como fórmula narrativa. Un ejemplo es el monumento dedicado a Juan Sebastian Elcano.
El Museo Victorio Macho esta en la Roca Tarpeya, en los límites de la ciudad, tiene unas vistas preciosas. Esta junto a la Casa Museo de El Greco, junto a la Sinagoga del Transito, a la Iglesia de Santa María la Blanca y a San Juan de los Reyes. Merece una visita y nadie quedará defraudado. Encierra 88 piezas escultóricas, 38 dibujos y un jardín precioso diseñado para admirar el paisaje. Sobre todo desde la Atalaya, con dos bustos de medio cuerpo en torsión que miran al cielo. Son una maravilla. En fin.

Museo Victorio Macho
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