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Don Tancredo

El lehendakari Ibarretxe ha tenido, en la tarde de este jueves, el dudoso mérito de ser el primer presidente en la historia del Ejecutivo vasco en ser sometido a una moción de censura. Dos, para ser estrictos. Enrocado en la posición de aquí no pasa nada y todos son fuegos de artificio de los partidos estatales -nacionalistas españoles, según calificó en su discurso-; durante una hora y media desvió la atención de la Cámara hacia la sinrazón de un trámite parlamentario de inviabilidad anunciada.

Los dos años de gobierno del Pacto de Lizarra en Vitoria quizás no hayan conseguido el país mágico, como lo calificó, que él sueña gobernar, pero han dejado claro que unos ansían que los ciudadanos puedan opinar mientras el Ejecutivo vasco hace el Tancredo. Ibarretxe usó de la ironía, en algún caso del histrionismo, para minimizar el fondo de un debate que persigue abreviar la agonía de una sociedad sin piloto ni tripulación.

Calificó el lehendakari con falso aplomo de pantomima, de fraude democrático y abuso de la legitimidad (el uso de la palabra Constitución fue un adorno) una jornada que demostró dónde estamos. Desconfían PNV y EA de las urnas y se aferran al poder minimalista que detenta un Gobierno sin apoyo. Se empecina en el prurito de que es él el único con potestad para disolver la Cámara. Su voluntarismo le deja solitario en medio del ruedo. Su minoría se hace aún más patente en medio del fragor del tendido que reclama tener voz... y voto.

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