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Algo sobre el Nobel

Sin pretender quitar méritos a Gao Xingjian, no creo que a estas alturas nadie piense que el premio Nobel de literatura se lo lleva el mejor de la clase. Basta con comparar los nombres de algunos premiados con los de los candidatos frustrados. El primero, en 1901, se lo llevó Sully Prudhomme, un escritor francés de tercerilla a quien sólo se le recuerda por esto. Pues bien, postergó en su día a Tolstoi, uno de los gigantes de la literatura universal que nunca dejará de ser leído y admirado. Otro ejemplo: en 1912 España propuso, entre otras, la candidatura de Galdós, Francia la de Anatole France, los anglosajones la de Thomas Hardy y Henry James. ¿Pues saben a quién se lo dieron? A un tal Gerhart Hauptmann, un dramaturgo alemán del que nunca más se supo.

¿Y por qué pasan estas cosas?, se preguntarán ustedes, con legítimo asombro. Pues por algo que mucha gente no sabe o ha olvidado: que ni ahora ni nunca han primado los criterios literarios. Cuando en 1895 Alfred Nobel (que no fue el inventor de la nitroglecerina como creen algunos, sino de la dinamita) instituyó los premios, encargó a la Academia Sueca que el de literatura se diera cada año a un escritor de cualquier país y lengua en razón “de sus tendencias idealistas”. El problema, claro, está en quién decide a qué corresponden dichas tendencias. Y como su valoración cambia según las ideologías dominantes en cada época, pues no tuvieron su merecido premio ni Tolstoi, ni Zola, ni Strindberg ni, por supuesto, Benito Pérez Galdós.

Este año le ha tocado a un chino y creo que es la primera vez que esto ocurre. Si aceptamos los criterios de selección anteriormente expuestos y habida cuenta que hay una obra literaria detrás de cierta envergadura, me parece adecuado que se hayan reconocido, por fin, los méritos de una disidencia muy desconcida por casi todo el mundo, en particular por los intelectuales. Porque si los crímenes de la Unión Soviética fueron tan detestables como numerosos, los desmanes del comunismo chino son también de aúpa. No se pueden ignorar las decenas de millones de muertos que causó el maoísmo y que sitúan a su siniestro fundador a la cabeza de los mayores criminales del siglo.

Gao Xingjian, nacido en 1940, pertenece a una de los cien millones de víctimas de la Revolución cultural china (1966-1976), etapa durante la cual fue enviado a campos de reeducación después de obligarle a quemar una maleta llena de manuscritos. Sólo consiguió publicar cuando viajó al extranjero, concretamente a Francia e Italia. De vuelta a China, empezó a publicar cuentos, obras de teatro. En 1981 su artículo “Primer ensayo sobre las técnicas de la novela moderna” provocó una violenta polémica contra el modernismo. Lo mismo ocurrió con su obra de teatro “Parada de autobús” (1983) que fue condenada por las autoridades como “el texto más pernicioso escrito desde la creación de la República popular”. Tampoco fue muy bien recibida su siguiente obra “El hombre salvaje” que volvió a causar mucho revuelo, esta vez con ecos en la prensa internacional. Tras abandonar el Partido comunista chino (ya era hora) como protesta por la represión de los sucesos de Tiananmén se instala definitivamente en Francia y adopta la nacionalidad francesa.

Una historia más, esta vez con final feliz, de las muchas que proliferan en esa desgraciada sociedad que, como dice Jean-Luc Domenach, especialista francés en política china, “ha evolucionado de un delirio utópico y sangriento a un compromiso trivialmente policíaco con el capitalismo.”

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