Las encuestas vuelven a presentar dos panoramas totalmente distintos de las elecciones norteamericanas. El vicepresidente Al Gore, no sólo se ha recuperado totalmente, sino que incluso va ligeramente por delante en algunas encuestas, mientras que otras siguen poniendo al republicano George W Bush con el mismo confortable margen de ventaja de los días anteriores.
Aunque la ventaja de Gore está dentro del margen estadístico de error, su campaña lo ve como un signo de que han desaparecido ya los desastrosos efectos de los debates, en que Gore teóricamente debía aniquilar a su adversario y que, finalmente, las aguas vuelven a su cauce y favorecen al político que ha participado del gobierno en los años de bonanza.
En esta recta final de la campaña, ambos candidatos se concentran en el mensaje económico, Bush y Gore criticando mutuamente sus propuestas fiscales y fórmulas para salvar las pensiones y seguros médicos.
Son argumentos que resuenan entre los electores, pero adquieren una perspectiva irrelevante ante las cifras reales de la economía norteamericana: la diferencia entre Gore y Bush en recortes de impuestos para los próximos 10 años, es el 0.5% del PNB proyectado y todas sus ofertas quedan en el aire ante los giros imprevistos de un plazo tan largo, como una recesión que muchos economistas consideran altamente probable, aunque no sea más que por la inevitabilidad de los ciclos económicos.

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