Hace medio año, los republicanos se veían al frente de un gobierno monocolor, con George Bush en la Casa Blanca y las dos cámaras del Congreso bajo su control, algo que no ocurría desde 1954, cuando los demócratas se apoderaron de la Cámara de Representantes durante la presidencia del general Eisenhower.
La apariencia tiesa del vicepresidente Al Gore, su asociación con los escándalos de la era Clinton y la popularidad de Bush en Texas, donde se llevó casi la mitad del voto hispano, les permitía acariciar este sueño. Pero este martes los colegios electorales abrieron con las encuestas más igualadas que nunca y, por primera vez en diez días, el sondeo Zogby pone a Gore por delante, aunque no sea más que por dos puntos, dentro del margen estadístico de error.
Ahora está todo en juego: el Senado, que ha alternado entre los dos partidos, la Cámara de Representantes, con mayoría republicana desde hace seis años y la Casa Blanca, desde donde Gore dejaría una huella duradera en el futuro del país.
La mayoría de los norteamericanos no quiere un gobierno monocolor, pues en general la gente prefiere que el legislativo y el ejecutivo se enfrenten, aún a costa de una cierta parálisis de gobierno, que les parece menos mala que un poder fuerte ante el que la mitad del país se sentiría indefensa y la otra mitad intimidada. Pero, en la práctica, es imposible determinar el reparto entre ambas ramas del gobierno y tanto Bush como Gore podrían encontrarse al frente de mayorías legislativas de su mismo partido.
Aunque este no es probablemente el mensaje que los norteamericanos quieren enviar, los resultados se interpretarán como la victoria definitiva de Ronald Reagan, cuyo ciclo conservador iniciado en 1980 culmina con George Bush; o como una casi-rehabilitación de Bill Clinton, quien ha dicho ya que elegir a Gore es lo más parecido a un tercer mandato para el actual presidente.
Personalmente, la derrota será muy distinta para Bush, un hombre que no adquirió hasta hace poco ambiciones políticas y que disfrutará del tiempo y los millones en su nuevo rancho de Texas, que para Gore, al que niegan la cúspide de una carrera política para que la que sido educado y se ha preparado toda la vida aunque, pasado el disgusto, probablemente se sentirá aliviado porque a Gore le falta tanta vocación política como a Bush ambición.

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