Es la frase empleada por Bill Daley, el director de campaña de Al Gore, al anunciar que no aceptaba la derrota y pedía un recuento manual de los votos de la Florida. Era una descripción exacta pues, aunque se ha votado ya, aún intenta conseguir más sufragios por todos los medios.
Los norteamericanos aseguran que tienen paciencia, pero al entrar en el segundo fin de semana sin presidente, se les empieza a acabar y desean que el Día de Acción de Gracias, el tradicional “Thanksgiving” norteamericano, se dedique este año a dar las gracias, no por tener pavos y boniatos con que alimentarse, sino por haber resuelto lo que se está convirtiendo en una lucha sin fin. Pero tal vez George Bush y Al Gore dominen la conversación, pues está claro que Gore tiene más cartas en la baraja.
Si los múltiples recuentos no dan los resultados apetecidos, todavía le queda la esperanza de pedir una nueva votación en el condado de Palm Beach, donde la mayoría demócrata podría darle más votos que en la primera vuelta.
Si también esto fracasa, aún le queda la esperanza del colegio electoral: un "operativo" demócrata ha empezado una campaña para localizar a electores republicanos que "escuchen su conciencia" y no respeten su compromiso de votar en favor de Bush cuando se reúna el colegio electoral el 18 de diciembre.
Entre tanto, la primera víctima es la confianza en las instituciones: Gore esperó a dirigirse a los norteamericanos a que el Supremo de la Florida obligara a aplazar la certificación de los resultados, lo que hace sospechar que los siete magistrados, todos demócratas, estaban en contacto con su compañero de fatigas.

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