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La batalla final

La decisión del Supremo de la Florida hace pensar al vicepresidente Al Gore que el sueño de su vida está ya al alcance de la mano y, una hora después de la sentencia, entraba en los hogares norteamericanos para darles una nueva imagen de estadista y conciliador, repitiendo la oferta que su rival republicano George Bush no puede aceptar, para una reunión de inmediato.

Los representantes de Bush no señalaron la maniobra de hacer la oferta a través de las pantallas y no directamente por teléfono, aunque esta no era la única inconsistencia del vicepresidente: prometió no aceptar ningún voto de compromisarios republicanos, algo que no puede controlar y que tampoco ofreció en el fin de semana cuando el futuro le sonreía menos. También apeló a "bajar la retórica" de ambas partes, tan elevada entre sus seguidores como en los de Bush.

Por su parte, el representante de Bush, Jim Baker, insinuó un terremoto político: que el Congreso de la Florida invalide la decisión del Supremo estatal, porque se ha excedido en sus competencias, usurpando la función legislativa.

La tesis de Baker es que el Supremo, al redactar de nuevo la ley, no ejerce la función judicial de aplicar o interpretar la ley, sino que legisla y, además, también invade el terreno del ejecutivo al impedir que la secretaria de Estado Katherine Harris ejerza sus poderes constitucionales.

Es algo teóricamente posible porque en disputas entre judicial y ejecutivo, el árbitro es el legislativo, pero que parece remoto en la vida real.

El único rayo de esperanza para Bush es que tan solo quedan cuatro días para el recuento y Gore quizá no consiga los votos; pero se enfrenta al formidable obstáculo de tener que ganar por cuarta vez, pues ahora los supervisores electorales quieren contar de nuevo algunas papeletas que tan solo tienen una huella pero no una ranura, pues Gore no iba camino de ganar sin ellas.

Si Bush pierde, los republicanos de la Cámara derramarán las mismas lágrimas de cocodrilo que los demócratas si pierde Gore: para los legisladores, es más prometedor tener un presidente del partido contrario al que echar la culpa de la inevitable parálisis de un Congreso con escasas mayorías.

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