Mario Vargas Llosa y Javier Pérez de Cuéllar son, sin duda, los dos peruanos más conocidos internacionalmente y seguramente también los más apreciados.
Ambos tuvieron la mala idea de meterse en política y les fue pésimo: Fujimori se encargó de laminarlos mediante un nutrido arsenal de trampas y engaños. Conocen, pues, el Perú profundo donde el “Chino” se desenvolvía a sus anchas y tienen experiencia directa de las añagazas y golferías del hasta ahora presidente de la nación.
Tras su desafortunada experiencia como candidato presidencial, Mario Vargas Llosa ha regresado a la literatura y todos deberíamos agradecérselo. En estos años ha parido obras memorables como “La fiesta del chivo” o “El pez en el agua”. En plena madurez, el gran escritor (¿para cuándo el premio Nóbel?) sigue fiel a la promesa que hizo cuando Fujimori lo venció: pasar página, olvidarse de aquella tentativa desafortunada que dejó cicatrices imborrables y escribir, sobre todo escribir, su única y absorbente vocación.
Ahora le ha tocado el turno a Javier Pérez de Cuéllar, el pulcro y competente ex secretario general de la ONU, quien también intentó en 1995 batir a Fujimori y fue a su vez batido con malas artes. También entonces el candidato derrotado prometió a su familia olvidarse de la política y, tal vez, del Perú.
Afortunadamente no cumplió sus promesas, y ahí lo tenemos de primer ministro interino. El presidente, también interino, Valentín Paniagua, acertó sin duda en el nombramiento pero ¿acertó Pérez de Cuéllar aceptándolo? Tengo mis dudas.
A su paso por Madrid, rumbo a Lima, Pérez de Cuellar dijo en Barajas que deberá “hacer milagros” para recuperar la confianza del pueblo peruano y de los inversores. Razón le sobra, pero en ocho meses (su mandato termina el 28 de julio del 2001) ¿pueden hacerse milagros aunque sean modestos? Hay razones para ser escéptico.

Perú: los milagros de Pérez
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