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Borges, el humorista

Borges ha terminado una conferencia en Rosario (Argentina), al mediodía, y los invitados entrar al salón principal donde está servido el almuerzo, pero él entra al baño a lavarse las manos. Abre el grifo y cae una gota de agua redonda como una uva, luego otra, después otra. Lenta, lentísimamente. "¿Qué pasa, Borges, no sale agua?”, le preguntan. Y Borges responde de inmediato: "Sí; pero con escrúpulos".

Una señora detiene al escritor en medio de la calle y, presa de entusiasmo, le dice: "¿Pero, usted es Borges, verdad?". Le contesta: "Sí. Pero si seguimos aquí corro el riesgo de dejar de serlo en cualquier momento".

Borges y un amigo abandonan, tras el almuerzo, un conocido restaurante de la calle Corrientes y en ese momento pasa un camión, cargado de hinchas de Boca Juniors; lo reconocen y le gritan: "¡Borges, sos más grande que Maradona!". Y Borges, sonriendo, susurra al oído de su amigo: "Bueno, eso estaría bien que lo gritaran en Estocolmo, a ver si influyen un poco en los académicos suecos".

Los que tuvieron (tuvimos) la grata dicha de conocer a Borges, saben que era un humorista que empezaba por no tomarse en serio a sí mismo. Pero, en verdad, al mito le gusta más el Borges serio, el Borges el intelectual, el Borges encerrado en su torre de marfil. Un erudito ciego, homérico y solemne, dedicado a labrar poemas y cuentos para la posteridad. O al crítico severo y ácido, al que le gustaba decir cosas como ésta: "fulano de tal simuló un nuevo libro", o bien, "el señor fulano sabe latín y sospecha el griego".

Borges era un hombre inteligente, muy inteligente, y dueño de un gran sentido del humor. Para demostrarlo, para ayudar a la mejor comprensión del escritor argentino, ganador del Premio Cervantes y eterno candidato al Nobel, el poeta Roberto Alifano (que fuera durante diez años colaborador de Borges) escribió un curioso libro titulado "El humor de Borges" (Ed. de la Urraca, Buenos Aires), donde colecciona humoradas borgianas recogidas de la espuma de los días, como diría Boris Vian, con detalles de los lugares donde ocurrieron y los protagonistas.

Borges fue un hombre tímido que antes de dar una conferencia se tomaba un vasito de vino. El paso de los años y el peso de la fama, le dieron seguridad, haciéndole ganar en desparpajo y osadía. Dice Roberto Alifano: "Esencialmente Borges se divertía mucho consigo mismo. Esa difícil coincidencia de ceguera e inteligencia lo aisló de maravillas". Y agrega: "Si uno repasa la descomunal iconografía de Borges, notará que en muchas de sus fotos se está riendo para sí, se está riendo de sus reflexiones, se está riendo de lo que piensa del mundo, y de lo que piensa el mundo".

Borges decía: "Me gustan las bromas; soy partidario de los bromistas. Sobre todo de los bromistas que hacen bromas sobre sí mismos, de la gente que no se toma en serio". Y, llevado a buscar un ejemplo, citaba a Wilde. Y señalaba: "El decía, por ejemplo: "Fulana de tal conserva los rastros de una ostensible fealdad", o bien, "Fulano de tal tiene una de esas caras inglesas que vistas por primera vez se olvidan para siempre".

Creo que vale la pena compartir unas anécdotas, nacidas en hechos cotidianos, como se dijo, anotadas por Roberto Alifano mientras trabajaba con Borges.

Veamos. Borges estaba renovando apresuradamente, en el Departamento de Policía, el pasaporte; debía viajar en dos días; mientras esperaba sentado en el despacho del comisario donde era atendido por todos y los policías se tomaban fotos con él, se enteró de que el Premio Nobel acababa de ser otorgado a García Márquez. Los periodistas acreditados en el Departamento de Policía le preguntaron sobre el asunto y él respondió: "Yo pienso que es un excelente escritor. "Cien años de soledad" es una gran novela, aunque creo que tiene cincuenta años de más... El hecho de que se lo hayan dado a García Márquez y no a mí revela la sensatez de la Academia Sueca; mi obra no es tan importante".

Cuando un periodista francés le pidió que definiera la época en que vivimos, Borges le contestó: "Y, el hecho de que yo sea famoso, es algo más que suficiente para condenarla". Otra. En la calle alguien lo reconoció y le increpó, groseramente, diciéndole: "¡Usted un bluff!". Borges lo miró con sus agotados ojos ciegos y le dijo: "Estoy de acuerdo, señor; pero un bluff involuntario".

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