El terremoto que ha destruido varias localidades de El Salvador y afectado seriamente a otros países centroamericanos sirvió al menos para demostrar la capacidad de respuesta del Gobierno español ante este tipo de catástrofes naturales en países alejados y hermanos. Apenas horas después de haberse producido el temblor, salía hacia Centroamérica el primer avión de Barajas con personal de socorro, material para desescombrar, medicinas y alimentos.
Si se compara, por ejemplo, con la tardía reacción del Gobierno cuando las inundaciones en el Estado venezolano de Vargas, en este caso la labor de la Secretaría de Estado de Cooperación, los ministerios de Sanidad, Exteriores y Defensa merecen un aplauso cerrado y el agradecimiento de los damnificados, como así ha sido. Es precisamente en momentos como éste cuando se demuestra la competencia, profesionalidad y disponibilidad de quienes asumen una responsabilidad tan pesada.
Han pasado dos años desde que el huracán Mitch se abatió sobre aquellas tierras y la lenta reconstrucción de países como Honduras está todavía pendiente del apoyo internacional. Este debería ser el tema monográfico que en Madrid tratase esta semana el G-6, (grupo de países donantes, entre ellos los USA, Japón, Alemania, Suecia, Canadá y España) junto con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). La reunión tratará ahora de la solidaridad pendiente pero también de la vulnerabilidad evidente de estos países y de la región.
Es obvio que cualquier catástrofe natural parece menor si se abate sobre un país donde hay infraestructuras modernas, servicios públicos, sanitarios y sistemas de comunicación desarrollados y a punto. También es obvio que en el istmo centroamericano faltan dramáticamente estas infraestructuras.
La reunión del G-6 concentrará a los presidentes de Guatemala, Honduras, Costa Rica, Panamá, El Salvador y Belice para planificar un sistema de respuestas instantáneas ante las catástrofes naturales que, desgraciadamente, podrían abatirse sobre la zona en el futuro como ha sucedido en el pasado.
Fiar la lucha contra la vulnerabilidad de estos países en los donativos y la generosidad de los países hermanos o amigos, no basta. Hay que prever y estar preparados para una tragedia como la que ahora sufren los salvadoreños.
El huracán Mitch debería haber servido de lección y no fue así. Ojalá este terremoto (semejante al que en 1986 destruyó también gran parte de El Salvador) conmueva los espíritus y los cerebros de los dirigentes centroamericanos y occidentales ante una vulnerabilidad irremediable. Solidaridad sin prevención sirve para poco.

Solidaridad y vulnerabilidad
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