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El Ejido: justos por pecadores

Se ha cumplido recientemente el primer aniversario de los lamentables sucesos de El Ejido. En la mente de todos queda el recuerdo de una población entregada a la barbarie y el saqueo contra los inmigrantes y sus propiedades, espectáculo que toda persona civilizada y amante del orden y la justicia no puede sino deplorar con toda su energía. Sin embargo, es preciso hacer un análisis un poco más profundo de las causas por las que ciudadanos normalmente pacíficos y respetuosos de la ley y el orden pueden llegar a comportarse de modo tan incivilizado.

Existe la tentación de achacarlo todo al racismo y la xenofobia, que son –según parece— como virus latentes en todo individuo que, periódicamente, como en las crisis del paludismo, alcanzan una fase aguda que provoca el rechazo visceral e irracional contra todo aquel que no comparta nuestra fisonomía ni nuestro color de piel. Y la medicina que las ONG y las organizaciones humanitarias proponen para evitar estos estallidos virulentos son vacunas de tolerancia irreflexiva e indiscriminada, que toman la forma de manifiestos en contra del racismo y la xenofobia, de presiones a la Administración para que integre forzosa y acríticamente en la sociedad a las víctimas potenciales con cargo a los presupuestos, y, lo principal, de la imposición del estigma de racista-xenófobo –más o menos emparentado con el espíritu de las leyes de Nuremberg— a quien cuestione siquiera la "obligación moral" de integrar sin condiciones y sin reservas a todo aquel que se presente por nuestro país.

Pero estas explicaciones y remedios son excesivamente simplistas, y por lo tanto, irresponsables y temerarias. Simplistas porque ignoran completamente los problemas que plantea la convivencia con personas educadas en tradiciones culturales y religiosas diferentes de las nuestras, y a veces incompatibles con ellas; irresponsables porque convierten al conjunto de los ciudadanos en una especie de bestia irracional a la que es preciso "catequizar" constantemente para que no cometa excesos; y temeraria porque la integración forzosa e indiscriminada agrava los problemas en lugar de resolverlos, y en última instancia provoca estallidos de violencia.

En todas las sociedades existe un determinado número de normas tan importantes y necesarias para su buen desenvolvimiento, que en muchas ocasiones ni siquiera están escritas porque se dan por supuestas; y aun estando escritas, resulta muy difícil probar y perseguir su incumplimiento, porque se trata de cuestiones de sentido común y buena vecindad que la inmensa mayoría de la gente acepta. Sin embargo, ¿quién no ha tenido a un vecino incivil en el piso de arriba que organice ruidosas fiestas a horas intempestivas? ¿O qué mujer no ha tenido que soportar alguna vez piropos groseros o miradas lascivas? ¿Quién no ha estado alguna vez a punto de atropellar a algún indolente peatón que cruza, a la carrera y sin mirar, por cualquier sitio, o que se obstina en caminar por la calzada en lugar de ir por la acera? ¿Quién, al transitar por una calle solitaria o al pasear por un parque, no se ha encontrado nunca a grupos de jóvenes bloqueando el camino, cuyo aspecto e intenciones imponen pavor en el ánimo?

Tales comportamientos no son la norma habitual, afortunadamente, entre personas con un mínimo de lo que antiguamente se llamaba urbanidad. Pero ¿qué hacer cuando un grupo numeroso de personas que tienen criterios de urbanidad diferentes de los nuestros toman las calles y los parques? Lo lógico sería intentar convencerles de la necesidad de respetar ciertos usos y costumbres, o hacerles entrar en razón por medio de la fuerza pública, si es que no se avienen a razones. ¿Y si, además, se da la circunstancia de que pertenecen a otra raza? Entonces ya no sería políticamente correcto intentar persuadirles de que cambien de actitud, porque estaríamos tratando de "imponerles" nuestra cultura; mucho menos recurrir a la fuerza pública o a las autoridades, porque éstas podrían hacerse sospechosas de racismo o algo aún peor, según dicte el pensamiento único “progre-solidario”. ¿Qué hacer entonces? Nada, tolerarlo todo con paciencia y en silencio... hasta que un incidente grave haga saltar por los aires los frenos morales que contenían la ira y la indignación de los ciudadanos, ira e indignación provocadas por una acumulación continuada de esas pequeñas transgresiones y por la pasividad de las autoridades.

Después, como suele suceder en estos casos, pagan justos por pecadores. Precisamente aquellos que mejor integrados se hallan –porque aceptan los usos y costumbres del lugar que les acoge— y que viven sin molestar a nadie ganándose la vida honradamente, pierden todo lo que tienen cuando la situación estalla, porque, desgraciadamente, la ira es ciega.
Si la población española fuera tan racista como algunas ONG y organizaciones humanitarias tratan de hacernos creer, andaríamos continuamente a la greña también con los chinos, con los sudamericanos, con indios y pakistaníes, con los negros (perdón, "subsaharianos"), etc. Pero no es así. Por la sencilla razón de que, en general, ellos son más respetuosos con los usos y costumbres del lugar donde viven, o en otras palabras, aplican esa popular sentencia que dice "allá donde fueres, haz lo que vieres".

Jesús Gómez Ruiz es economista y colaborador habitual de Libertad Digital.

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