La improvisada gira que José María Aznar ha llevado a cabo por Oriente Medio, como era de prever, nos deja un puñado de imágenes, una llamada de teléfono de George W. Bush y la constatación de que estamos en un momento crítico. En Oriente Medio se vive una situación límite. Estamos ante un polvorín difícil de controlar. Pero eso lo sabíamos antes de llegar.
Para constatar una situación así quizá no era necesario tanto despliegue. Y es que, una vez más, ha fallado el fondo, que de una vez bien se podría clarificar. El escenario es resultón, los actores son los adecuados, pero el guión está vacío. En esta ocasión, las formas han sido aparentes. Pero el diseño, las razones y los objetivos del viaje se han quedado vacíos. Y es que todo esto demuestra que la política exterior española vive en un grado importante de improvisación.
No existe una política constante en zonas de influencia, como Iberoamérica o el Magreb. Se hacen proyectos como el de Asia que después no tienen seguimiento en el tiempo. No se define un papel coherente en zonas de conflicto, como Oriente Medio, en las que España puede tener cierto protagonismo. No se coordina la política exterior entre Moncloa y Exteriores. Y hay un empeño permanente para que el ministro de Exteriores mantenga un perfil bajo, con una actividad sin relevancia. En fin, terminamos donde estábamos. A veces queremos más de lo que podemos, en otras nos cuesta encontrar el lugar que nos corresponde. No sería tan complicado. Moncloa y Exteriores no son enemigos y debería demostrar que reman en la misma dirección. Estamos hablando de la política exterior española y habría que saber, ciertamente, qué queremos.

Querer más que poder
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