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Los consortes corruptos

El lamentable final de la presidencia de Bill Clinton se está convirtiendo en un escándalo que se extiende como una mancha de aceite y envuelve ya a la primera dama, desde que se ha sabido que su hermano Hugh Rodham cobró 70 millones de pesetas para conseguir un perdón y una conmutación de pena.

Bill y Hillary Clinton aseguraron que no tenían conocimiento alguno de que Hugh Rodham cobró para interceder con éxito en favor del narcotraficante Vignali y del estafador Broswell y añadieron que estaban muy disgustados, pero trataron de lavarse la cara señalando que lo han convencido para que devuelva el dinero.

En la táctica típica clintoniana, indicaron que el dinero se devolvió para evitar "la apariencia" de acciones impropias, aunque Rodham no cometió delito alguno. No parece que esta vez vayan a acallar las críticas de correligionarios y rivales, como pudo verse en la fuerte denuncia del ex presidente Carter, quien criticó los perdones como impropios porque no se siguieron los procedimientos, y confesó su creencia de que Clinton los concedió a cambio de dinero.

Bill y Hillary están cada vez más aislados a medida que sus seguidores de antes se alejan de ellos, confesándose decepcionados. En realidad, la decepción es, más bien, el abrir los ojos que cerraron durante años ante los jugueteos de Clinton con la becaria Mónica en la Oficina Oval, su falso testimonio, la desaparición de documentos generados por Hillary, que años antes había conseguido espectaculares ganancias especulando en mercados que no conocía y que, al estallar el escándalo Lewinsky, dirigió a las huestes que desprestigiaron al fiscal Starr y a toda la "vasta conspiración de derechas".

El "final indigno", que tanto duele a los simpatizantes, es, en realidad, el final digno de la corrupción que el presidente y su consorte llevaron a la Casa Blanca.

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