Los ha habido, probablemente, más necios. Pero en lo cursi, no le gana nadie. Bellos sentimientos y mala literatura: Subcomandante Marcos. Bellos sentimientos y mala literatura: lo peor de este mundo. Campoamor en Chiapas.
Cuando, hace ya ni me acuerdo cuántos años, semejante impostor lanzó a los campesinos a hacerse matar con fusiles de madera en la mano, en sublime aplicación del realismo mágico a la política, me sentí enfermo. A un dirigente político puede perdonársele cualquier cosa; cualquiera menos mandar a la muerte a los suyos sin darles una oportunidad siquiera de defensa.
Luego, día tras día, lo peor fue llegando. A falta de línea política, de concepción económica precisa y aun de estrategia militar no delirante, el chico de la capucha se declaró poeta. Y empezó a torturarnos con nauseabundos pastiches del Cortázar más preterido y el García Márquez más presuntuoso. En el límite, puedo entender que alguien muera o mate por ideas demenciales. Que sea la literatura la que pague su incompetencia, es algo más allá de cuanto mi sectaria patología bibliófila está dispuesta a tolerar. Si alguien quiere morir o matar por esa cosa horrenda a la cual algunos llaman patria, que lo haga, cuando menos, en silencio.
Pase la horterada zarzuelera de las capuchas de atrezzo; pase la farsa de un tectónico indigenismo que invocan, en primera persona, los hijos universitarios de la mejor burguesía urbana de la Ciudad de México; pase esa mezcla atroz de teología de la liberación y paleoguevarismo, en cuyo nombre se lanza a desesperadas gentes hacia una catástrofe predecible; pase el infantilismo trascendental de las asambleas intergalácticas convocadas por los dicharacheros zapatistas... Pero lo de “con todos los colores de la flor que somos, el color de la tierra mañana tendrá, porque tendrá bandera, y los pueblos indios tendrán por fin democracia, justicia y libertad”, sólo puede mover a la carcajada.
Carcajada. También enigma. Los 23 comandantes de una fuerza guerrillera recorren, de punta a punta y desarmados, el país a cuyo gobierno –al menos en teoría— plantean lucha armada. ¿Se imaginan que aquí, los 23 máximos dirigentes de ETA dejasen las Parabellum guardaditas en Oyarzun y se fueran a dar un garbeíllo –convenientemente enmascarados— de Burgos al cabo de Gata? Pues así. El gobierno mexicano, no es ya que lo permita, es que parece encantado con el bucólico espectáculo. Fox hoy, como el PRI ayer. Hay algo turbiamente extraño en esta historia oscura del zapatismo. Jerga revolucionaria más cursi espectáculo complaciente. Y complacidamente tolerado. Todo tiene la grimosa textura aquí del cartón piedra.

Campoamor en Chiapas
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