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El fracaso escolar

Por fracaso escolar, generalmente, se entiende suspender. Para resolver ese problema se inventó ya una solución: no examinar. Pero he aquí que, a pesar de ello, hay profesores que parece que no han comprendido el “auténtico sentido de la evaluación continua”. Estos docentes se empeñan en impedir que sus alumnos pasen de curso, en negarles el “suficiente”, cuando la LOGSE se inventó para que todos los individuos de nuestra sociedad fueran igual de suficientes hasta los 18 años.

No se puede discutir sobre soluciones si no se discuten las razones que condujeron a una ley que está produciendo un auténtico problema social. Será imposible “consensuar” medida alguna a no ser que la administración educativa acepte las falacias contenidas en la LOGSE.

Las estadísticas sitúan próximo al 25 por ciento el porcentaje de alumnos que no consigue el certificado de la ESO. Estos jóvenes, después de 10 ó 12 años de escolaridad pagada por los contribuyentes, son devueltos a sus casas sin que hayan podido aprender nada que les sirva para ganarse la vida. Mal leen, mal escriben, de cuentas, mejor no hablar, y en cultura y humanidades, cero. Pero es que, además, todo lo que han aprendido en sus últimos años de instituto no sólo no ha contribuido a su formación sino que, me atrevería a decir, que ha sido perjudicial para ella.

Días enteros sin nada que hacer, inventando cómo fastidiar a sus compañeros, torear a sus profesores, engañar a sus padres y retrasar, en fin, lo más posible el momento de tomar las riendas de su propia vida.

Pero los defensores de la escuela nueva, integradora y “diversificadora”, siguen encantados con el logro social de su sistema. En nombre de la justicia y de la igualdad, niegan al Estado la obligación de proporcionar a estos jóvenes alguna instrucción que pueda servirles para ganarse el pan.

Del cúmulo de disparates que se podían leer en el diario El País del lunes 12 de marzo en contra de la idea de establecer diferentes itinerarios en los últimos cursos de la ESO, como proyecta el Ministerio de Educación en su llamada Ley de Calidad, uno ha llamado especialmente mi atención. Se trata del que recoge la opinión de ese, nada representativo, Sindicato de Estudiantes: “separar a los alumnos sería una medida reaccionaria que únicamente favorecería a los empresarios que buscan mano de obra poco cualificada, y por lo tanto, barata”.

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