Ya está José Coronado de vuelta a la televisión. Después de un descanso profesional que aprovechó en compañia de la voluble modelo Esther Cañadas, el protagonista de la serie “Periodistas” ha regresado a la redacción de “Crónica” para ocupar el hueco que ha dejado “Comisario”. Coronado no es el mejor actor del reparto, pero es el que proporciona ese punto de “guapura” necesario en una serie que nada tiene que ver con “Lou Grant” – lo mejor que se ha hecho en televisión sobre el mundo de la prensa – y lo acerca al esquema de las producciones españolas de ficción que explotan las mil facetas de la relación sentimental.
Como no podía ser de otra forma, en el primer capítulo de la séptima entrega de “Periodistas”, los avatares profesionales eran meras excusas de localización y ambiente para los dramones por parejas que se viven en el periódico y sus alrededores. Luis y Ana, que se quedaron al pie del altar, siguen con las heridas abiertas, Mamen y Blas tienen una relación tensa, Esther Arroyo tiene su “pareja de hecho” con Edu y el “Crónica", por contagio, se mete a encontrarle novia o novio a un abuelito marchoso.
“Periodistas” pudiera llamarse “Médicos” si se rodara en un hospital, “Carpinteros” si se buscara un fondo maderero, “Presentadoras” si ubicara la acción en los platós de televisión o “Basureros” si buscaran escenas de noche. Los productores han encontrado en las tramas sentimentales y las actuaciones corales un seguro de vida que, en televisión, quiere decir no bajar del 20% de cuota de pantalla y hacer que la competencia nunca alcance el 30. El argumento de “Periodistas” no es cómo se fabrican noticias, sino mantener el “share”.

Periodistas del amor
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