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On the road

Saber “lo perecedero, como pereciente ya y aun perecido”: la belleza de la fórmula barroca es irrevocable. A mí me acecha siempre en estos días extraños de la semana sagrada de los cristianos. Alcohol más automóvil completarán el sacrificio ante el altar por el Dios desertado: semana de pasión y carretera, de pasión en carretera, tan estadísticamente fascinante. En ningún otro momento del año se inmolan nuestros conciudadanos con tan alta alegría y en tal cifra. Nunca el deseo de morir por el absoluto ausente es tan poderoso.

Es la verdadera religión del siglo XX: su tan implacable liturgia oblatoria, exenta de otra belleza que no sea la de la memoria olvidada que resuena tras su indiferencia maquínica. Sólo en ella queda algo de la grandeza subyacente al ideal de “conversión” del siglo del Barroco: “fundamental deseo de ser aniquilado”, en palabras justísimas de una angelical criatura del 1655.

En ello deslumbra la pervivencia latente de los monoteísmos. La fe, que se dice perdida. Y que, sin embargo, late a muy pocos milímetros bajo el esmalte malo de nuestra ilustración mentirosa. La fe. Aquella que, entre los siglos I y II, guiaba a los siervos del Dios único a la automutilación y el suicidio. Una coherencia extrema permitía al fiel, entonces, saber que el mundo era cosa abominable. Y que ellos mismos, cosas en el mundo, lo eran más aún, puesto que lo sabían. La gracia se hacía manifiesta en ese arrebato primordial que permitía sustraer algún pedacito de cuerpo particularmente preciado –o aun su totalidad, en el caso de los de veras elegidos– al turbio trato con una terrenalidad odiosa. La conversión, sabían ellos, no era sino aprendizaje de la nada. En su consumación –que se llama muerte– yace el llamado divino.

Hoy, su nombre es carretera. Automóvil, su templo: perecedero y pereciente ya. Y aun perecido.

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