Algunos nombres tienen la fortuna de convertirse en sinónimos de aventuras legendarias, Ivanhoe es uno de ellos. Su evocación arrastra tras de sí un mundo en el que los caballeros eran nobles, valientes y generosos, las damas eran hermosas y astutas y los malvados sólo merecían el apelativo de villanos. Sir Walter Scott (1771-1832) se trasladó desde el siglo XIX hasta el XII en busca de una etapa privilegiada de la Edad Media en la que los protagonistas reales de la Historia eran personajes de la talla de Ricardo Corazón de León, Juan Sin Miedo o Robin Hood. Para codearse con ellos y destacar entre sajones, normandos, bandoleros y caballeros templarios era necesario crear un héroe adornado con todas las virtudes que la época requería y así nació el caballero Wilfred de Ivanhoe.
Con el relato de sus hazañas, surgía en Europa la novela histórica que gozó de numerosos seguidores, un tipo de novela que se servía de períodos del pasado y los utilizaba como telón de fondo apropiado para situar apasionantes aventuras aunque la realidad histórica quedara a veces deformada por las costumbres de la época en la que escribía el autor. Scott no podía permitir, por ejemplo, que una mujer judía ganase el corazón del protagonista, de modo que Rebeca, que posee una entidad inusual en las protagonistas femeninas, debe conformarse con simbolizar el sacrificio, la inteligencia y la hermosura, pero su religión la condenará al exilio y a ser sólo un recuerdo en el corazón de Ivanhoe que se casará, como es debido, con la dulce lady Rowena. Pero esto es sólo la aventura sentimental en un relato dominado por la intensidad de la acción, de las pasiones. Un relato en el que los personajes secundarios están dibujados con tanta habilidad que parece que en cualquier momento se alzarán con el protagonismo.
Si aún no se posee este clásico indispensable, esta edición con un excelente apéndice de Rosa Colomer es una buena ocasión para adquirirlo y sumergirse en las aventuras de aquel que “Dejó un nombre ante el cual el mundo se tornaba pálido,/ para inculcar una moraleja, o para adornar un relato”. Tras su lectura se comprende por qué al decir Ivanhoe se oye de fondo el sonido de las trompetas.
Walter Scott, Ivanhoe , Edebé, Barcelona, 2000, 498 páginas.
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