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Nunca podremos recuperarnos del romanticismo

Uno de los fundadores de la disciplina conocida como historia intelectual y gran defensor del poder de las ideas, Sir Isaiah Berlin solía reírse de sí mismo y tildarse de “fraude”; a pesar de su fama y el respeto otorgados a su obra, consideraba que él no había escrito una “obra magna” sobre ningún tema fundamental. Sin embargo, pensaba que si algo tenía que decir sobre alguna cuestión, ésta era, sin duda, el romanticismo. Para el brillante filósofo e historiador de las ideas británico “el romanticismo es el mayor movimiento reciente destinado a transformar la vida y el pensamiento del mundo occidental. Ningún otro cambio ocurrido en la conciencia de Occidente en los siglos XIX y XX ha tenido una envergadura semejante, y todos ellos están profundamente influenciados por él.” Y esto incluye a Marx, a Freud y al existencialismo.

En 1965, Berlin dictó una serie de conferencias tituladas Las fuentes del pensamiento romántico en la National Art Gallery de Washington, en las que se centraba en el estudio de los pensadores que contribuyeron, en la segunda mitad del siglo XVIII, a posibilitar e impulsar que del ordenado, vidrioso, simétrico y elegante mundo racionalista e ilustrado, surgiera “una erupción violenta de la emoción, del entusiasmo. Las personas empiezan a interesarse por los edificios góticos, por la introspección. La gente se vuelve súbitamente neurótica y melancólica; comienza a admirar el arranque inexplicable del talento espontáneo.” Una larga línea en la que se encuentran Rosseau, Herder, Kant, Fichte, Goethe (estos tres últimos a su pesar, puesto que despreciaban a los rómanticos) y que desemboca en Byron, Victor Hugo y Schopenhauer. Berlin nunca quiso que se editaran estas conferencias, cuyas notas reposaron durante treinta años en su despacho, puesto que hasta el final de sus días pensó que escribiría un libro sobre su tema favorito.

Un año después de su muerte, ocurrida en 1997, su discípulo Henry Hardy, editor de otros seis libros recopilatorios de los muchos ensayos de Berlin que habían sido publicados de manera dispersa en periódicos y revistas, editó las seis conferencias de Washington, respetando al máximo el estilo fresco, brillante y arrollador del que fuera tenido por uno de los mejores conversadores del S. XX. El texto, de una tersura y claridad admirables, ni siquiera está desfigurado por números de citas a pie de página: todas las referencias bibliográficas, cuidadosamente rastreadas por Hardy, se encuentran al final del libro, identificadas por número de páginas y primeras palabras.

Avisando sobre la dificultad de intentar definir un movimiento que se opone a representar la realidad “como alguna forma susceptible de ser analizada, registrada, comprendida, comunicada a otros y tratada en algún otro respecto, científicamente”, y consciente de que en este intento algunos han perdido, si no su sano juicio, sí su sentido de la dirección, Berlin se adentra en esta peligrosa selva, atendiendo a las múltiples caras de un pensamiento que alienta el liberalismo, la tolerancia y la diversidad, a la vez que es precursor del fascismo. La riqueza del pensamiento de Berlin le permite llegar a conclusiones y respuestas firmes y esclarecedoras. Gracias a ellas, y al excelente trabajo de Hardy, mucho podemos comprender sobre nuestras propias contradicciones y las de nuestro tiempo.


Isaiah Berlin, Las raíces del romanticismo , editado por Henry Hardy, Taurus pensamiento, 2000. 226 páginas.

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