Lleno en Pamplona para la sexta de la feria de San Fermín. Se lidiaron 6 toros de Jandilla, muy bien presentados, con calidad pero escasos de fuerza. El sexto violento y con genio.
Víctor Puerto. Tres pinchazos y un descabello (silencio). Media estocada (ovación con saludos)
Rivera Ordóñez. Estocada caída (silencio). Dos pinchazos y dos descabellos (silencio)
Javier Castaño. Dos pinchazos y dos descabellos (silencio). Estocada caída y descabello (palmas).
Con muchos pies saltó a la arena el primero del festejo, un torazo alto, musculoso y con dos velas de impresión. Apuntó clase el bovino en los primeros compases de la lidia pero clavó los pitones en la arena a la salida de un puyazo y la voltereta dejó su justeza de fuerzas en una clara flojera. Entendió muy bien Víctor Puerto las condiciones del toro y, desde el inicio de la faena, templó a media altura evitando obligarlo para que no doblara las manos. Una lástima que le faltaran fuerzas al animal porque según fue Víctor desarrollando su pulcra labor se pudo ver que tenía una calidad descomunal. Mató mal el manchego y casi se vuelve en su contra el animoso público pamplonica, que con los aceros no perdona ni media. Poderoso, comenzó Puerto por bajo su faena al cuarto. El jandilla se entregó menos en el caballo que sus hermanos y llegó a la muleta con más transmisión en sus embestidas. Víctor realizó una faena aseada con alguna serie ligada por el pitón derecho y algunos adornos que llegaron a los tendidos. Agarró media estocada que hizo rodar al toro y recibió la justa ovación en el tercio.
Mucho se le pegó en el caballo al segundo de la tarde, otro toraco de preciosa estampa y que de principio apuntó calidad. Luego en la muleta, tras un par de series prometedoras por el pitón derecho, la embestida fue perdiendo recorrido y después de un fuerte golpe en la axila –que le obligó a pasar a la enfermería a la caída de su enemigo–, Francisco Rivera Ordóñez no tuvo opción a mayor lucimiento. Entró el diestro a matar con mucha fe pero el espadazo cayó bajo y como suele suceder con estas estocadas caídas, el efecto fue fulminante.
Salió el nieto de Ordóñez de la enfermería para estoquear al quinto y dejó muestra de su casta recibiendo al burel con dos largas cambiadas. Pero claro, no se puede tener todo en la vida y, si bien el torero anda sobrado de casta, de calidad y técnica anda justito. El toro se dejó torear y el diestro instrumentó algunas series limpias por el pitón derecho que, tal vez por la fea presentación de la muleta, no terminaron de calar en los tendidos.
Si dijimos que al segundo se le pegó en exceso en el varas, lo del tercero fue una auténtica carnicería desde el equino. El otrora prometedor Javier Castaño, que debutaba en Pamplona, intentó vender como suficiencia su estéril andar por la cara del inofensivo por masacrado burel. Marró repetidas veces con los aceros y el público se dedicó a levantar el ánimo a base de bocata y bota de vino. El que cerraba plaza tuvo una embestida violenta y descompuesta, sin duda el peor del encierro. Se dobló Castaño con él al principio de faena, probando a ahormar la embestida, pero el animal, que se quedaba corto a partir del tercer muletazo, no dio ninguna facilidad. Tras una meritoria porfía, se le fue la espada al leonés al costillar, lo que no impidió que el público reconociera su esfuerzo con una ovación.

Les faltaron fuerzas a los Jandilla
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