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El Califa rozó el triunfo

Lleno en la plaza de Pamplona para el octavo festejo de San Fermín. Se lidiaron 6 toros del Marqués de Domecq, bien presentados, con poca raza, no dieron juego en la muleta. Destacó el sexto.

Jesulín de Ubrique. Estocada (saludos desde el tercio). En el cuarto, pinchazo y media estocada (palmas)
Finito de Córdoba. Tres pinchazos y estocada (silencio). En el quinto, estocada caída (ovación).
J. Pacheco “El Califa”. Media estocada y dos descabellos (palmas). En el sexto, tres pinchazos y estocada (ovación de despedida)

Estaba la tarde aburrida, la mayor parte de la gente estaba ya con ganas de irse a seguir la feria por otros derroteros distintos de los taurinos, pero allí llegó un torero a jugarse la vida de verdad y los tendidos vibraron de emoción. No había pasado El Califa de aseado en el primero de su lote, pero en el sexto, el único que valió de un descastado encierro del Marqués de Domecq, demostró el alicantino que quiere llegar lejos en esto de los toros. Tras un buen comienzo de faena, basado en el toreo clásico de los derechazos y naturales, no se resignó El Califa a que muriera la faena con las fuerzas del bovino y pasó a las cercanías. Aguantó como un tío todos los parones del animal, no se movió ni un ápice pese al as insistentes miradas del astifino burel. Las manoletinas finales ceñidas hasta cortar la respiración, tenía el triunfo en su mano… Y pinchó, y volvió a pinchar, y perdió la gloria que había ganado a base de lo que dicen los taurinos que son las tres cosas fundamentales para un torero: valor, valor y valor.

Conocedor de lo que gusta en esta plaza, comenzó Jesulín de Ubrique su faena de muleta rodilla en tierra y pegado a tablas. Después, ya en la vertical, se sacó el gaditano al toro al tercio e instrumentó algunas tandas de derechazos con mucho mando y temple que llegaron a los tendidos. Lástima que el toro, que tenía cierta nobleza y se arrancaba presto a los engaños, tuviera el defecto de no humillar y desluciese algo la técnica labor de Jesulín. Entró a matar muy derecho y cobró una gran estocada que provocó que algunos incluso pidiesen la oreja para el de Ubrique, al final quedó la cosa en una gran ovación. Nada pudo hacer Jesulín con el cuarto, un manso sosón que estaba deseando tumbarse desde que el diestro cogió la muleta. Después de una voluntariosa pero estéril porfía, se fue el de Ubrique a por la espada y consiguió media estocada al segundo intento que, con las ganas que tenía el toro de echarse, hizo efecto fuleminante.

Muchos problemas planteó a la cuadrilla de Finito de Córdoba el que hizo segundo del festejo. Un maso huído con más leña en la cabeza de la que había en un tren antiguo. Luego en la muleta, el animal iba y venía sin emplearse lo más mínimo y Finito, también sin despeinarse, se limitó a disfrazar de muletazos las insulsas arrancadas del burel. Entró a matar el diestro sin confianza y pinchó tres veces antes de acabar con el marrajo. Si en su primer ejemplar no pisó el acelerador el de Córdoba, en el quinto cambió mucho la cosa y tuvo una actuación muy meritoria. El del Marqués de Domecq, que había planteado muchas dificultades en los primeros tercios, llegó a la muleta con genio y con una embestida muy descompuesta. Finito se fajó con el burel, y a base de templar y de bajar la mano, acabó ahormando la embestida y consiguiendo buenas series de muletazos. Una pena que cayera baja la espada y el público enfriara sus ánimos.


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