No es la violencia lo horrible. Violencia no es más que gradación semántica de la vis latina: sólo significa fuerza. Lo horrible no tiene nunca sede en un dato físico. Lo horrible atañe al lugar donde la física se torna moral: la conciencia humana. Y la delectación humana en los actos de fuerza tiene un nombre preciso: crueldad.
Me desazona el uso, fuertemente perverso, de las palabras que tejen nuestra imaginación, nuestros afectos y emociones. Nunca entendí que, a los autores de actos penalmente tipificados como terroristas, sea convención inquebrantada llamarlos “los violentos”. Nada hay más universal que la violencia. Desde el impulso muscular que mueve mis dedos sobre las teclas del ordenador, hasta Dachau o Auschwitz –pero también hasta el pulso del bisturí que salva una vida–, no hay acción humana –no hay acción, en sentido propio– que no arrastre consigo un coste de fuerza que se aplica sobre una resistencia: tal, y no otra, es la definición de lo violento. Dar razón de quien asesina, hiere, secuestra o destruye mediante la trivial caracterización de violento, es hacer que todo naufrague en una trivialidad sin sentido. Un asesino no es más violento que yo que escribo; es más cruel. Y en ese mínimo matiz se juega la batalla moral contra el diario desprecio del dolor ajeno.
Trivializado por el lenguaje, el acto de ése a quien se ha llamado violento queda en nada. O casi. La violencia pertenece al orden de los avatares meteorológicos. No se suspende San Fermín porque hayan caído truenos. Tampoco porque alguien –de quien nadie quiere demasiado saber nombre ni rostro– haya sido cosido a balazos. “Violencia”, se dice. “Y la fiesta está por encima de cualquier anécdota violenta”. La fiesta sigue. Porque hay algo más bárbaro que un asesino: el idiota que se blinda en su ebriedad festiva para no ver la sangre.
No es violencia; es un hombre desangrado a tiros. No es fiesta lo que viene luego; crueldad es su nombre.

Otras crueldades
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