“Miré las costas de la patria mía, si un día hermosas, hoy desbaratadas”, podría decir, parodiando a Quevedo, alguien sensible a la belleza de muchos paisajes costeros. Es evidente el beneficio económico que el país ha obtenido del turismo. España es una de las primeras potencias turísticas mundiales. Más de 50 millones de personas nos visitan cada año y cuatro de cada cinco de ellas, van al litoral. La población costera se multiplica por cuatro en verano.
Aunque muchos no quieran saber nada de los problemas y sólo se centren en que el turismo es el 10% del PIB, y que representa billones de pesetas al año en ingresos, lo cierto es que adoptar la táctica del avestruz puede acabar por perjudicar al propio sector. Una sociedad es inteligente en la medida en que tiene en cuenta enfoques diversos, enriqueciendo sus planteamientos. Hacer oídos sordos a los que reclaman que el turismo sea sostenible puede, a la larga, contribuir a que se mate la gallina de los huevos de oro.
El pan para hoy y hambre para mañana por buscar el beneficio económico a corto plazo, puede dañar al turismo. Muchos turistas vienen buscando paisajes, calidad de vida, y otras cosas que se congenian mal con la saturación, con la aglomeración, y la destrucción del litoral llevada al delirio. Asociados al turismo costero se dan problemas como incremento de vertidos (muchos sin depurar), aumento del consumo de agua, e incluso incendios intencionados por temas urbanísticos (como sucede en el Montgó alicantino), que no ayudan demasiado a la continuidad de los valores que atraen a los visitantes.
Con frecuencia, el turismo no está en manos de gestores que tengan en cuenta el beneficio de la nación, sino el suyo propio, en contra del interés general y de la propia continuidad de la actividad con calidad. No conviene nunca generalizar, pero es evidente que en las costas, antaño base de operaciones de piratas como Barbarroja, se ha asentado una interesante “fauna” de especuladores, alcaldes constructores y mafiosos varios, que están detrás de muchos proyectos. Muchos municipios parecen estar regidos más por “Hay-untamientos”, con hache y separado, que por Ayuntamientos. Y eso quizá no garantice la mejor política turística.
No hablaremos aquí tampoco de municipios donde desaparecen sumarios judiciales, ni de comunidades autónomas (como la cántabra) donde ante las sentencias que obligan a demoler urbanizaciones enteras por su ilegalidad, se cambia la Ley del Suelo, para legalizar futuros desmanes. Quizá aún estemos a tiempo de cambiar ciertos modelos, aunque lo cierto es que no parece que vaya a ser así.
Actualmente, sólo un 25% del litoral ha quedado a salvo de la degradación ambiental inmobiliaria. Y no hablemos de otros problemas como el de la regresión costera, derivada de la falta de arena en muchas playas (lo que obliga a discutidas “regeneraciones” artificiales) porque los ríos apenas arrastran sedimentos al mar, al quedar retenidos en los embalses. Este problema se está dejando sentir mucho por ejemplo en el óvalo valenciano, entre el delta del Ebro y el cabo de San Antonio. O de los problemas de contaminación que se dan en algunas zonas como Huelva o Tarragona.
Acabar con estos problemas será ayudar a la continuidad del sector. Pero por lo que se está viendo en zonas como Canarias (especialmente en islas como Lanzarote), Baleares ( con una saturación extrema en islas como Mallorca) , y zonas del litoral peninsular (como Levante o Cantabria, por ejemplo) parece que la tendencia es la de la huida hacia adelante. Y más con un ministro como Jaume Matas, que procede de donde procede.

Piratas costeros
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