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Corrompe, que algo queda

Afirmaba Raymond Aron que la democracia es, con mucho, el régimen menos imperfecto porque es el que más limita la capacidad de acción de los gobernantes. Al ser el poder democrático el más débil y el más limitado, es el que menos corrompe y el que comete menos excesos. Sin embargo, según Aron, no hay que llevar el optimismo tan lejos, ya que si bien el régimen democrático es el mejor régimen posible, por desgracia no está demostrado, de antemano, que sea, inexorablemente, el sistema llamado a triunfar.

El escándalo de Gescartera, mitad estafa, mitad fraude fiscal, corrobora la prudencia del pensador francés a la hora de confiar excesivamente en la democracia. Indudablemente, existen incorrecciones o desviaciones patológicas en los Estados democráticos. En España, algunos comportamientos y actuaciones de nuestros gobernantes constituyen la prueba evidente de que algo falla en el sistema. El artificio financiero de Gescartera, con todos sus implicados, timadores, timados y evasores de impuestos, y sus connotaciones, especialmente, la falta de ética en el cargo público y la ineficacia de la CNMV, revela que el fraude, el amiguismo, el tráfico de influencias y la sospechosa permisividad unida a la fingida ingenuidad de los fiscalizadores de turno, son síntomas de una enfermedad crónica de la democracia española: la corrupción. La descomposición moral vive enquistada dentro de los muros del poder político. Si no, a ver cómo se explica que el zorro del Fisco guarde el corral de los contribuyentes.

Los bribones y granujas son de todos los colores. El “pelotazo” y el “porrazo” provienen de la misma camada. Aquí no caben explicaciones maniqueas de buenos en un bando y malos en otro. El pillaje no tiene bandera. Al final, la blanca gaviota, de elegante vuelo, ha caído en picado, y no por el mal de las vacas locas o el aceite de orujo, ni siquiera por la radiactividad de un submarino nuclear, sino porque ha sufrido la misma infección que la encarnada rosa: la corrupción. Ha resistido poco más de una legislatura, pero a la postre, también ha enfermado. No ha sido lluvia fina, sino todo un diluvio, lo que ha provocado su caída.

El horizonte se presenta oscuro y tenebroso, pero no se aprecian atisbos de contrición por una parte ni de sedición por la otra ante tanta desfachatez e impunidad. Se diría que la desidia y la resignación envuelve a una sociedad cada día más anestesiada en su propia modorra, amordazada por su sometimiento al poder. Cabizbajos e inermes asistimos a la tragicómica escena que ofrecen nuestros representantes. “Corrompe, que algo queda”.

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