A medida que pasa el tiempo, a la sorpresa por el ataque del 11 de septiembre sucede la indignación ante un ataque injustificado y traicionero.
Si es cierto que nada puede justificar la matanza de hace casi dos semanas, los norteamericanos no pueden decir que no hubo avisos: en los últimos 20 años, los terroristas islámicos han ido atacando una y otra vez los Estados Unidos y lo han hecho de manera bien visible, desde la embajada norteamericana en Beirut de 1983, a las torres Khobar de Arabia Saudita en 1996 y hasta el barco de guerra US Cole el año pasado.
Más que una erupción repentina, Washington se enfrenta ahora a un cáncer declarado hace décadas y que ha hecho metástasis en todos los continentes. Como dejar morir al enfermo es una opción inaceptable, ha de recurrir a métodos que tienen secuelas tan negativas como la quimioterapia: víctimas inocentes, operaciones fracasadas y probables recaídas, de las que habrían de rendir cuenta los líderes políticos que prefirieron cerrar los ojos o evitar acciones impopulares dentro o fuera del país.
Es posible que la Guerra Fría atara las manos de Washington hasta que, en la pasada década, el mal ya se había extendido tanto que no bastaba con una cirugía menor. Pero los últimos diez años han sido un tiempo perdido en que los terroristas han podido ampliar sus redes e intimidar a gobiernos, que se vieron todavía más agobiados por los misiles que Bill Clinton lanzaba a mansalva para demostrar el poderío de EEUU sin arriesgar la vida de un solo soldado norteamericano ni un ápice de su tan acariciada popularidad.
Ahora, mientras la CIA trata de reconstruir su potencial humano y sus redes de operativos destruídas por 25 años de política moralista, el FBI se encuentra aún más rezagado, sin suficiente personal árabe capaz de traducir e infiltrar dentro del país y sin aprovechar los últimos avances de la tecnología que le permitan compensar la agilidad de las guerrillas terroristas.
Los norteamericanos indican en las encuestas que prevén una guerra larga, pero la paciencia es una virtud escasa en este país y Bush tan solo podrá seguir esta lucha si es capaz de mantener el espíritu del momento. En esto, lo tiene mejor que su padre, quien era casi tan popular como el hijo después de la Guerra del Golfo Pérsico: el primer Bush presidió el fin de una guerra, cuando el pueblo ya no tenía interés en batallas ni miedo por su seguridad y se dejó seducir por un oscuro gobernador sureño.

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