El presidente Bush no deja de repetir que Estados Unidos está lanzado a una guerra nueva, con un enemigo distinto al de contiendas anteriores, pero a medida que esta guerra se desarrolla, queda claro que el propio país ha de cambiar.
Algo tan habitual como la abundancia de información empieza a desaparecer ante la evidencia de que no se puede mantener un secreto divulgado a 535 legisladores. Tampoco la prensa le parece a Bush muy de fiar, y sigue limitando la información a pesar de los pataleos verbales durante las ruedas de prensa.
Bush no se arredra y él mismo aseguró que no tolerará filtraciones cuando los soldados del país estén desplegados, porque sus vidas están en peligro.
Pero quizá el cambio mayor que se exige de los norteamericanos es de carácter, ya que tanto Bush como sus secretarios les exhortan constantemente a una virtud poco frecuente en ese país: la paciencia, necesaria para esperar los resultados de una guerra que, además de ser larga, será semi secreta.
Lo que ven ahora es como fuegos artificiales pero, dentro de poco, se desarrollará en cancillerías, en callejones y en terminales de ordenadores bancarios. En esa larga segunda fase Bush necesitará la constancia de la población para mantener las precauciones y encajar posibles ataques terroristas sin la fascinación de un despliegue militar que les da la impresión de una respuesta activa.

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