Se ha celebrado el Día Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales. Los datos de la ONU muestran que este año va a ser uno de los peores. Sequías en Centroamérica o el cuerno de África, terremotos en el Salvador, Perú y la India, inundaciones en la India, Bolivia o Ecuador… decenas de miles de muertos y heridos, cifras billonarias en pérdidas económicas serán, un año más, el balance. Pero conviene resaltar que, como el propio nombre del día mundial indica, estas cifras negativas pueden reducirse. Y si eso es así es porque, a pesar de que hablemos de desastres “naturales”, en ellos suele jugar un papel esencial el hombre. Hay un dicho que reza que “quien avisa no es traidor”. Y la naturaleza, con frecuencia, avisa.
Lo que sucede es que no siempre hacemos caso de sus advertencias. Avisó en Taiwán y se le hizo caso y por eso, a pesar de que los temblores en esta isla fueron más fuertes, el balance de víctimas fue menor que el de Turquía, casi por las mismas fechas de hace pocos años. Y es que, en este país mediterráneo, las constructoras, cuyos directivos se quitaron enseguida de en medio, habían hecho las casas sin medidas anti-sísmicas, con la connivencia de los políticos de turno).
Estos días en que la amenaza de la “gota fría” ha estado cerniéndose sobre el Levante español, el temor a las temidas inundaciones ha vuelto a manifestarse. Sin embargo, en España sólo se ha concluido el deslinde de una pequeña parte del dominio público hidráulico, esa zona que puede quedar inundada en caso de crecida de los ríos. Y se estima que pasarán muchas décadas hasta que se delimiten esas zonas de riesgo. Mientras tanto, seguirán construyéndose urbanizaciones, polígonos industriales y carreteras en zonas inundables. O campings, como el de Biescas.
Falta una cultura preventiva. Por ejemplo, el Ministerio de Medio Ambiente se ha obstinado en construir una presa —la de Santaliestra, en el Pirineo aragonés— desoyendo la voz de los mayores expertos, que alertan del riesgo de que puedan darse allí enormes deslizamientos de laderas que podrían derribarla. El verbo prevenir apenas se conjuga. Siempre puede echarse la culpa a la naturaleza o incluso a Dios (“Dios lo quiso” dijo Isabel Tocino cuando lo de Biescas, y la Justicia, nuestra maravillosa Justicia, se encargaría después de darle la razón, exculpando a los altos cargos a los que se achacaba haber autorizado el camping en una zona cuyo riesgo era conocido muchos años antes de la tragedia).
Y como la tesis de lo “imprevisible” es la que siempre se impone, dejando impunes toda suerte de temeridades, para qué va a instaurarse una cultura preventiva. Un Senador del PP, Clemente Sanz, que presidió una comisión sobre el tema tomándoselo en serio e intentando cambiar las cosas y al final tuvo que tirar la toalla. No pudo luchar contra la riada de intereses creados que hay en este asunto.
La invasión de zonas inundables continúa con toda su fuerza. Sólo en la Comunidad de Madrid se estima que hay más de mil construcciones en zona de dominio público de ríos como el Alberche, Guadarrama, Henares o Manzanares. A nivel nacional hay más de 25.000 construcciones entre viviendas, restaurantes, parques, naves, residencias de ancianos, centros comerciales, campings, etc. Cualquiera mete mano en el tema.
Y no es sólo que la falta de delimitación de las zonas de riesgo sea una realidad en la mayor parte de los cauces, sino que, lo que es aún peor, lo que se delimita no se hace bien. Esto es al menos lo que explican expertos de la Universidad de Alicante como Jorge Olcina y Antonio M. Rico, que denuncian que los cálculos oficiales, basados en métodos abstractos que infravaloran el riesgo real de inundaciones. Los mapas de riesgo estarían así mal hechos, señalando como zonas de riesgo “medio o bajo” zonas de Alicante, Denia o Benidorm, cuando los datos reales de lluvia muestran lo contrario.
Por ejemplo, los datos oficiales dicen que en la zona norte de Alicante el valor extremo sería que sólo una vez en 500 años se produjera una precipitación de 456 milímetros. Sin embargo, en sólo treinta años se han superado esas erróneas previsiones, ya que en 1957 cayeron 871 milímetros en menos de nueve horas y en Oliva, en 1987, cayeron 817 milímetros. Son precipitaciones casi monzónicas. Lo propio puede decirse de otras muchas zonas de España. Y luego llegan las lamentaciones. No se trata de decir aquello de “piove, porco governo”, pero si de tomarse en serio este tema. No recuerdo qué Evangelio aludía a aquello del hombre sabio que construye su casa en alto y sobre roca mientras el torpe lo hace junto al río y en tierra blanda... ¡Pues eso!

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