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Del Mekong al Hindu Kush

Las primeras acciones norteamericanas dentro del Afganistán reflejan las lecciones aprendidas en el Vietnam y refinadas en Somalia: las tropas no tienen ni quieren tener una base en el país ni en su vecindario y operan a base de asaltos breves y contundentes, en una mezcla nueva de las tácticas guerrilleras con el poderío de una gran potencia militar y los recursos de un ejército poderoso.

Estados Unidos aprendió en Vietnam que tener bases en territorio enemigo es caro, peligroso y contraproducente: las bases fueron un blanco constante durante la guerra, el Pentágono se vio obligado a dedicar hasta la mitad del personal para proteger a la otra mitad que luchaba y la presencia de tantas tropas extranjeras irrita a la población.

Normalmente, los grandes países actúan de forma convencional desplegando el poder de sus ejércitos, mientras que los pobres y los pequeños se les enfrentan con tácticas de guerrilla, que desaparece después de ataques breves contra posiciones fijas que la guerrilla no podría retener pero donde son vulnerables las fuerzas convencionales.

Ahora, las fuerzas especiales tratan de combinar esta táctica de pobre con los recursos del rico, y el primer ataque fue una muestra: dos grupos de comandos actuaron por sorpresa, estuvieron tan sólo unas horas y desaparecieron; pero contaron con todo el apoyo de decenas de aviones y helicópteros dispuestos a distraer el enemigo, darles cobertura y rescatarlos.

El nuevo jefe del Alto Estado Mayor Conjunto, general Myers, parece el personaje ideal para las nuevas estrategias, pues él mismo proviene de las fuerzas especiales, que empezaron a desarrollarse después de la experiencia del Vietnam.

En Afganistán no hay bases y las operaciones se dirigen desde las cuatro bases flotantes que son los portaaviones en el Golfo Pérsico y el Mar de Arabia, excepto la pequeña presencia en los países vecinos para el aterrizaje y despegue de helicópteros en misiones de rescate. La teoría no es nueva, pues ya la propuso hace cuarenta años el coronel “disidente” John Paul Vann, quien acabó abandonando el ejército norteamericano porque no escuchaban sus consejos en este sentido.

De momento, esta primera intervención ha decepcionado a periodistas famosos norteamericanos, que esperaban ver en Bush la encarnación de Rambo, y no paran de lamentar que el ataque haya sido tan limitado. En el Congreso, demócratas y republicanos defienden al presidente y advierten que los jefes del Pentágono, dedicados a estudiar la situación y las artes de la guerra, probablemente saben más que los legisladores especializados en debatir y salir reelegidos. Por educación, no dicen a sus interlocutores periodistas que ellos tampoco saben mucho, pero el resto del país les da la razón: En la última encuesta, un 88% apoyaba la gestión de Bush, y tan solo el 8% estaba en desacuerdo.

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