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Pakistán, excusas fundamentalistas

Las manifestaciones pakistaníes de solidaridad con el Afganistán y contra la ayuda de Karachi a la ofensiva estadounidense tienen en realidad bastante poco que ver con el conflicto afgano.

La auténtica clave de estas protestas está en la política nacional pakistaní. En este país el poder está en manos de los golpistas militares desde finales de 1999 y la oposición no encontró hasta ahora ninguna oportunidad para poner al general Musharraf en un brete.

Pero ahora, con un 15% por ciento de la población pakistaní pertenece a la etnia pastun -justamente la etnia mayoritaria de los talibanes - las protestas contra la ayuda de Karachi a las operaciones bélicas estadounidense son la mejor manera de socavar la estabilidad del gobierno de Musharaf.

A la oposición la jugada le sale redonda en estos momentos porque las simpatías populares están con los talibanes y porque los militares no han podido aún sacar a Pakistán de la profunda crisis económica y social en que lo habían sumido los errores de los Gobiernos que les precedieron, democráticos pero corruptos.

La situación podría volverse favorable a Musharraf dentro de unos meses, cuando den fruto las cuantiosas ayudas económicas prometidas por Washington a cambio del apoyo logístico brindado por el Pakistán y se eleve el nivel de vida en el país. De ahí que la oposición actúe ahora con tanta virulencia y prisa: Si no logra alzar en estos momentos a la población contra Musharraf, la situación económica puede mejorar en unos meses y garantizar una larga presencia militar en el Gobierno pakistaní. Demasiado larga para los intereses de los partidos políticos.

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