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Ortodoncia

Como todo best seller que se precie, Dientes blancos llega a nuestras librerías precedida de mucho ruido extraliterario: su éxito fulgurante en Inglaterra, Estados Unidos y Francia, los setenta millones de anticipo que cobró la autora, Zadie Smith, por ésta su primera novela, y hasta la curiosidad que despiertan su extraordinaria juventud (24 años cuando terminó la novela) y maravillosa fotogenia. Pero, además, las críticas se apresuran a certificar la calidad de la obra gracias al aval que autores consagrados –Salman Rushdie, Martin Amis– han otorgado a Dientes blancos, y llegan incluso a hablar de Zadie Smith como un nuevo Charles Dickens “de la era poscolonial”.

¿Nos rendiremos nosotros también ante esta extensa obra –525 páginas– y las mil y una historias que la cruzan?

Empecemos por constatar el ambicioso empeño de la narración: seguir la trayectoria vital de las dos parejas protagonistas, la formada por Archibald Jones, inglés, y la jamaicana Clara Bowden, y la de Samad Iqbal y Alsana, musulmanes de Bengala, que unen sus destinos y sus desarraigos desde el conflicto europeo de 1945 hasta el Londres de los 90. Antes de ellos, los padres, los abuelos y hasta un insigne bisabuelo. Después, los hijos, en una línea discontinua que enhebra una gran diversidad de personajes, procedencias, culturas y condición social. El resultado es un abigarrado panorama del Londres actual como metáfora de “un tiempo no muy lejano ya, en el que las raíces habrán dejado de tener importancia (...) porque son muy largas y muy tortuosas y porque están enterradas a una recondenada profundidad”.

Lo mejor de la novela radica tal vez en el sólido conocimiento de aquellos que no son ya de ninguna parte. El temor no al contagio, sino a la disolución, los límites de lo que se guarda como un tesoro y lo que se deja definitivamente atrás. La fe como tradición estéril que se aboca a una violencia consoladora.

La sabiduría acerca de los personajes se une a un finísimo oído para los discursos que articulan el entramado social. Ahí es donde el humor de la autora se manifiesta con más acierto, desvelando las tonterías progres, ecologistas, pedagógicas, la vacuidad de lo que une a los distintos grupos, en una afirmación última del individuo, “al que le han cortado los hilos que mueve el padre”.

Y también está la técnica, las técnicas narrativas, que Zadie Smith derrocha con gran seguridad. En alguna de las entrevistas que ha concedido, defiende la autora la distancia entre “realidad y arte”, en la estela de la generación de escritores británicos de los ochenta –Martin Amis, J. Barnes, Ian McEwan, Salman Rushdie, etcétera– que la han precedido en la disolución irónica de tiempos, argumentos y géneros. Pero la técnica no es el alma de la novela, y no debe interponerse como obstáculo en el camino del lector. Hay en Dientes blancos una pérdida de ese equilibrio por exceso de voz narradora. Brillante, autocomplaciente, informada, pero sin el suficiente control de las tramas que despliega. A veces, sobre todo hacia el final, nos preguntamos por el destino del relato. A veces, sólo a veces, quisiéramos que la novela acabara ya.


Zadie Smith, Dientes blancos , Editorial Salamandra, Barcelona, 2001, 525 páginas, 2.900 pesetas.

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