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El confuso final del comienzo de la guerra

La incertidumbre que rodea los últimos episodios de la guerra contra el terrorismo en Afganistán, desde la vertiginosa y miserable liquidación del régimen de los talibanes a la complicada orfebrería diplomática de crear un Gobierno sólido y aceptado internacionalmente, amén de la búsqueda del ubicuo Ben Laden, amenaza con ocultar en el alud de datos dispersos el fondo teórico y práctico del asunto, que puede reducirse a un sencillo aserto: lo sucedido en la última semana no significa el fin de la guerra, sino tan sólo el confuso final de su comienzo. Aparezca y caiga Ben Laden, vivo o muerto, la guerra contra el terrorismo debe continuar. Y debe hacerlo hasta que la poderosa red de Al Qaeda en todo el mundo haya sido destruída por completo y hasta que todos los movimientos terroristas hayan comprendido que las democracias occidentales y los países que prefieran ser sus aliados antes que sus enemigos han decidido acabar con ellos, cueste lo que cueste.

Conviene recordar que esta es la razón primera y última de esta guerra y que si hablamos de guerra contra el terrorismo es precisamente porque no se trata de una situación normal, al menos en Occidente, en la que las democracias parlamentarias perseguirían a los delincuentes --en este caso terroristas-- según los criterios policiales y administrativos que regían antes del Once de Septiembre. Tanto las fuerzas que apoyan al terror como las que se benefician de su existencia van a hacer, están haciendo ya, todo lo posible para que este final del primer acto suponga el telón de la obra completa. Pero si en el caso de los USA esa pretensión es tan miserable como estúpida --ni la muerte ni la captura y juicio de Ben Laden supondrían el final inmediato del peligro terrorista que sobre ellos se cierne--, en el caso de la Unión Europea y más concretamente de España, basta constatar que hace sólo tres días que los estados de la Unión han aceptado que exista el delito de terrorismo en todos los países y que tenga una única tipificación legal y punitiva para comprobar que esa guerra, por lo que a nosotros respecta apenas está comenzando. Y que debe hacerlo derribando las añejas murallas nacionalistas a cuya sombra ha nacido, crecido y sobrevivido el terrorismo europeo, no sólo vasco.

En esa penumbra de legajos intransitables y polvorientas suspicacias burocráticas reside la fuerza esencial que hasta ahora ha amparado a todos los terrorismos antioccidentales: el totalitarismo de izquierdas, ese difuso pero poderoso ejército de abogados del crimen, teóricos de la irresponsabilidad del delincuente, publicistas del delito y jueces severos con la sociedad y tolerantes con sus verdugos que para muchos supone la auténtica realidad del Estado de Derecho en Europa, cuando no es más que una forma más o menos avanzada de su demolición. La guerra contra el terrorismo tiene su escena principal en Afganistán y su foco en el personaje de Ben Laden, pero su teatro y su argumento es universal y sólo si se mantiene la tensión moral, ideológica, política e informativa que ha hecho despertar de su modorra suicida a nuestras democracias podrá pensarse en serio que avanza la guerra. De momento, ha empezado bien. Tan bien, que algunos quieren terminarla. Sería tanto como perderla, por completo y acaso para siempre.

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