Los galopantes avances de la Alianza del Norte no sólo han acabado con el pretendido poderío militar de los talibanes, sino también con el mito de la invencibilidad de los guerrilleros afganos.
Lo del poderío talibán tenía que desmoronarse por cuanto sus victorias del pasado ni fueron tantas, ni brillaron por ingenio militar, ni se debieron a la propia valentía sino a los errores y las rencillas de las huestes gubernamentales de Rabbani.
El mito de los guerrilleros aún no se ha desvanecido totalmente porque, hasta ahora, Afganistán ha sido escenario de operaciones bélicas clásicas y la lucha de guerrillas podría llegar, si se da, en la próxima fase.
El mito nació en Occidente para justificar en su día unas derrotas increíbles de británicos y rusos. A lo largo de los dos últimos siglos, los ejércitos del Moscú zarista y de Londres entraron en Afganistán con menosprecio colonialista, escasa información acerca del lugar y sus gentes, además de una mala preparación logística.
En cuanto a la invasión soviética, se produjo con una URSS económicamente agotada y militarmente atropellada que mandó un ejército de soldados inexpertos y desmotivados y que, además, tuvo que enfrentarse a la enérgica oposición de Pakistán y la tecnología y poderío norteamericanos.
Con derrotas injustificables ante cualquier tribunal militar y la opinión pública de los respectivos países, los vencidos aprovecharon la desinformación generada por la distancia y los relatos bélicos teledirigidos para tapar sus vergüenzas militares creando el mito de los guerrilleros invencibles.
La resistencia talibán a los comandos angloamericanos, las tropas de la Alianza del Norte y los bombardeos masivos y precisos de la aviación estadounidense tiene la oportunidad de convertir el mito en realidad y rehabilitar las pasadas debacles militares de rusos, soviéticos y británicos.

El fin de un mito
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