A medida que pasan los días y crece el protagonismo de la Alianza del Norte en el conflicto afgano, va quedando más claro que allí se desarrollan dos guerras a la vez: la de Estados Unidos y la de los “señores de la guerra” afganos.
En una, el Pentágono desarrolla una guerra clásica con la más moderna tecnología cuyo objetivo es destruir las estructuras del enemigo y acabar con su poderío. La otra es la guerra “de siempre” de los afganos. Y si bien unos y otros coinciden en su deseo de acabar con el régimen talibán, el proceder no puede ser más dispar.
Las razones para ello son mil, pero la fundamental es que los objetivos finales son distintos: mientras Washington recurre a la guerra para conseguir sus fines políticos, los “señores de la guerra” afganos han hecho de esta una forma de vida, es decir, que el objetivo primero de toda lucha es dar el máximo rendimiento a una inversión mínima.
Esto se ha visto hasta la saciedad en todos los conflictos registrados hasta ahora en el Afganistán. En el alzamiento antisoviético, como en las conquistas talibanes de finales del siglo pasado, las victorias más sonadas y decisivas fueron compradas: a buen precio las traiciones puras y duras y aquellas que se habrían producido de todas formas por la fuerza de las armas, pero a un alto costo de hombres y material bélico, a precio de saldo… después de un buen regateo. Algo muy similar a lo que estamos presenciando ahora en la lucha por Kunduz.

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